En
1926, siendo ministro de Obras Públicas el conde de Guadalhorce
y jefe suyo el dictador Primo de Rivera, se parió y se bendijo
la brillante idea de crear una telaraña ferroviaria enlazando las
líneas existentes con otras nuevas, independientemente de la necesidad
que hubiese de ellas. Una de la nuevas uniría Talavera de la Reina
(Toledo), a orillas del Tajo, con Villanueva de la Serena (Badajoz), a
la vera del Guadiana. Tres cuartos de siglo después, nada hay en
estos casi 170 kilómetros de soledad total que sugiera qué
cosa se pensaba transportar en aquel tren, si no es el aroma que la jara
esparce entre los montes de Toledo y la sierra de Altamira.
El caso es que, antes de 1930, legiones de campesinos
que no habían visto un tren ni en cromo estaban ya agujereando
montes vírgenes y ponteando fieros barrancos. La guerra civil,
la posguerra, el auge del automóvil y un informe del Banco Mundial
que pintaba negro el futuro del ferrocarril fueron las causas sucesivas
de que las obras se ralentizaran y se paralizasen definitivamente en 1964,
cuando sólo faltaban 20 kilómetros por explanar en el lado
extremeño. Había ya incluso un tramo, entre Villanueva y
Logrosán, con las vías puestas y empleados adscritos, a
los que nos espeluzna imaginar regando los geranios de estaciones en mitad
de la nada.
Felizmente recuperado como vía verde en la parte
toledana, el trazado del ferrocarril-fantasma ofrece hoy a peatones y
ciclistas 53 kilómetros de llanísima pista asfaltada, cubierta
con una somera capa de gravilla fina para darle un acabado más
natural y perfectamente señalizada: puntos kilométricos,
áreas de descanso, miradores, valores naturales... Unos valores
que se revelan del máximo interés cuando la vía bordea
y cruza el Tajo represado en el embalse de Azután, pues a las muchas
aves acuáticas de éste, se suman las rapaces y las cigüeñas
negras que sobrevuelan los encinares ribereños, en cuyos claros
triscan, para más variedad, ciervos y gamos.
Como punto de partida, vamos a tomar una de aquellas
estaciones inútiles, el apeadero de Silos, al cual se accede por
una pista de tierra desde el kilómetro 7 de la carretera de Calera
y Chozas a Alcaudete de la Jara. Los primeros metros no son demasiado
memorables: la vía surca una finca agropecuaria, del mismo nombre
que el apeadero, entre rebaños de ovejas y campos de alfalfa, encajándose
a trechos en una trinchera que los conejos y liebres han dejado, tras
75 años, con más agujeros que el decorado de 'Bricomanía'.
A un kilómetro justo del apeadero, sin embargo,
la vía se adentra y nos adentra en los inolvidables dominios de
la finca El Arco, una magna dehesa de vetustas encinas, enebros, terebintos
y verdes calvijares donde se cría el toro bravo y se caza el ciervo,
el gamo y el exótico muflón, que no está aquí
ciertamente por su voluntad. Otro kilómetro más, y llegamos
al primer mirador sobre el embalse de Azután, junto a la fuente
de la Garrapata y un bosquete de higueras que hacen más fresca
y dulce, respectivamente, la parada.
Dos túneles no muy largos –17 necesita la
vía para abrirse paso por el lejano y anfractuoso oeste de Toledo–
preceden al deslumbramiento que es salir de golpe al viaducto sobre el
embalse de Azután, el cual queda a cuatro kilómetros exactos
del inicio o una hora de andar. Unos 300 metros de largo por 50 de alto
mide este coloso que salva en 11 zancadas la gran fosa del Tajo y que
nos hace sentir de sopetón el peso de todas las obras inútiles
que en el mundo han sido.
En la llamada curva de la Gravera, echamos un último
vistazo a estos encinares sobre los que señorean las águilas
reales y al profundo Tajo que en invierno habitan negros cormoranes, antes
de poner rumbo al punto final de nuestra jornada –a nueve kilómetros,
o dos horas y pico, del inicio–: Aldeanueva de Barbarroya, el único
pueblo que atravesaba la línea en toda la vasta comarca de la Jara.
El tren que nunca llegó tampoco tenía quien lo esperara.
La vuelta, por el mismo camino. |