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RUTA nº 293 PROVINCIA DE SEGOVIA Distancia desde Madrid: 66 Kms.
Castilla-León  RÍO MOROS
AGUAS DE BUEN AMOR
Arroyos, rápidos y cascadas cantan las correrías del arcipreste de Hita por este hermoso valle pinariego

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el área recreativa de La Panera, punto de partida de esta excursión, está a poco más de dos kilómetros de la estación de El Espinar, de la cual hay indicaciones en San Rafael tanto si se llega por la vieja N-VI (puerto del León) como por la A-6 (túnel de Guadarrama). Una alternativa al coche es el tren Madrid-Segovia, que pasa por la mencionada estación con una frecuencia de dos horas (Renfe, tel.: 902 24 0202)
a lo largo del recorrido pista forestal
al discurrir por una nítida pista forestal, esta caminata es ideal para los peores días del invierno, cuando la lluvia o la nieve impiden itinerarios más complejos y cuando, precisamente, el río Moros baja más crecido
Juan Pedro Velasco y José Luis Huertas son los autores de 'Excursiones a pie por la provincia de Segovia' (Editorial Desnivel), guía en la que se proponen varios paseos por el sendero GR-88, coincidente en varios tramos con la ruta que siguió el arcipreste de Hita
mapa 'Sierra de Guadarrama', editado por La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257); en su defecto, hoja 18-20 (Cercedilla) del S.G.E. o la 508 del I.G.N.

Una de las muchas miserias del progreso es que, de tanto como se han acortado las distancias, el mundo ya no es la caja de Pandora que era, sino un paquete turístico concebido para que Curro y sus amigotes se vayan al Caribe a putear. La verdad es que viajar así, a tiro hecho, no tiene ningún misterio. Y de lo otro, mejor no hablar.

Quien sí sabía viajar como Dios manda –vale decir: a lo que salga–, y también de lo otro, era el arcipreste de Hita, que en el amanecer del siglo XIV quiso probar la sierra, y allá que se fue con lo puesto en el mes de marzo, “día de san Meder”, arrostrando el helor del granizo y la cellisca, el hambre medieval de los osos y los lobos, el genio montaraz de las vaqueras y su desaforado apetito venéreo. Clérigo de jacarandosos hábitos, Juan Ruiz cuenta en el 'Libro de buen amor' cómo tropezó con la Chata en Malagosto y con Gadea en Riofrío, y cómo, después de mucho porfiar, obtuvo de ellas lumbre, vianda y cama a cambio precisamente de esto último. De regreso a su arciprestazgo, el sátiro de Hita topóse con Aldara, la fea de Tablada, y como no era santa de su devoción, prometióle el oro y el moro con tal de quitársela de encima (o de debajo); la misma artimaña de la que habíase servido, muy poco antes, para burlar a la serrana boba de Cornejo, Menga Lloriente.

A tiro de fusil de la estación de El Espinar (a tres kilómetros y medio, para ser exactos), en la confluencia del arroyo de Blasco con el río Moros, se hallan las ruinas de la venta del Cornejo. Arrinconadas entre los merenderos, las piscinas y los aparcamientos del área recreativa de La Panera, el destino de estas piedras es el olvido, como lo es el de la vieja cañada real que, en los mejores tiempos de La Mesta, ganaba el vecino puerto de Pasapán y corría luego junto a la venta camino de los invernaderos extremeños.

Los días de invierno en que el río Moros se desborda y se anegan los merenderos que atraen la tortilla y la bullanga a este apartado vallejo, el lugar recupera la calma primordial en que debía de hallarse cuando asomó el arcipreste por la cañada: “Lunes, antes del alba, comencé mi camino / y, cerca de Cornejo, hallé, cortando un pino, / una serrana lerda; diré lo que me vino. / Pensó casar conmigo como con un vecino”. La calma con la que Menga Lloriente se avino a hablar de matrimonio con Juan Ruiz, y él, por seguirle la corriente, prometió regalarle cuanto ella pidiere: un prendedero y un pandero, seis anillos y un jubón, zarcillos y hebilla de latón, toca amarilla y botas hasta las rodillas. La paz que no deseaba perder el arcipreste cuando le dijo a la boba: “A tus parientes convides; / hagamos luego las bodas, / de todo esto nada olvides, / que ya voy por lo que pides”. Y no volvió.

Para recuperar el sabor añejo de aquella paz, el excursionista deberá llegarse al Puente Negro, que queda a menos de un kilómetro por encima del área recreativa, y echarse a andar por la margen derecha del río Moros (mano izquierda del caminante). La pista forestal que habrá de seguir a lo largo de toda la jornada remonta el brioso curso hasta casi acariciar sus fuentes –los ojos del río Moros, que ven la luz en la ladera occidental del Montón de Trigo–, rodea los embalses de las Tabladillas y del Vado de las Cabras y vuelve por la margen contraria –aunque ahora a mayor altura– faldeando las moles de Peña Bercial, Peña del Águila y la Peñota. La gira no tiene pérdida: son dos horas de suavísimo ascenso hasta la cabecera del valle y otras tantas de regreso hasta el Puente Negro, vigilando únicamente la oportunidad de desviarse, a mitad del descenso, por un ramal de la pista que sale a mano derecha.

Paseando entre pinos silvestres –pinos como aquél que cortaba Menga Lloriente–, el excursionista no dejará de escuchar un sólo momento el cantar de los rápidos y las cascadas del río Moros. Es una melodía recia, como amor de serrana o cántiga de buen amor.

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