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RUTA nº 282 PROVINCIA DE SEGOVIA Distancia desde Madrid: 122 Kms.
Castilla-León  HOZ DEL DURATÓN
UN DÍA EN 'BUITRELANDIA'
Más de mil carroñeras sobrevuelan este barranco cercano a Sepúlveda, ajenas al jaleo de los domingueros

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a Sepúlveda se accede yendo por la carretera de Burgos (N-I) y tomando el desvío señalizado que hay a la altura de Castillejo de Mesleón, sobre el kilómetro 110. Si viajamos en grupo con más de un automóvil, podemos dejar uno a primera hora de la mañana en el puente de Villaseca para regresar a Sepúlveda en coche al completar la ida. De no ser así, nos tocará volver por el mismo camino, que es bastante largo
para distinguir los buitres de las águilas reales, los alimoches, los halcones peregrinos y los cernícalos vulgares que también anidan en esta hoz
el Centro de Interpretación del Parque Natural de las Hoces del Río Duratón (Conde de Sepúlveda, 30, antigua iglesia de Santiago; tel.: 921-54 0586) proporciona planos e información sobre sendas y concede los permisos para transitar por las zonas de reserva. Abre de 10 a 14 y de 16 a 19 horas todos los días del año, excepto los laborables de octubre a junio (de 10 a 17 horas)
muy recomendable en otoño, cuando se doran las alamedas del Duratón
hoja 19-17 (Sepúlveda) del S.G.E. o la 431 del I.G.N.
del 1 de enero al 31 de julio no se puede transitar por las zonas de reserva sin autorización

Según el último censo, 566 parejas de buitres leonados anidan en la hoz del Duratón, dato que confirma la buena salud de esta especie que hasta 1966 era oficialmente una alimaña, 'ergo' tiroteable, y a este barranco segoviano como su lugar de cría más importante del mundo. Mas no todo es paz y felicidad en la hoz del Duratón. A la par que el 'Gyps fulvus', ha proliferado aquí el 'Homo dominguerus', y en particular tres subespecies: la 'ferox', que otros llaman 'porcus' y que merodea por el chiringuito que hay junto al puente de Villaseca esparciendo detritos y haciendo acopio de moras, setas, rocalla, musgo para el Belén..., según la temporada; la 'sepulvedanensis', que invade la hoz con la chicharrina, después de haberse 'apretado' un cordero con morapio en alguno de los muchos asadores de Sepúlveda; y la 'velocipedus', que debe de tener algún gen bovino, porque circula en bici por un sendero, el único que hay, de no más de dos palmos de anchura, topando a todo bípedo viviente.

Añádanse a esta lista otras especies más racionales (senderistas, ornitólogos, guardas...), y se tendrá un lugar tan tranquilo para pasear como la esquina de Broadway con la calle 42. Al buitre leonado no parece perjudicarle este zurriburri, a juzgar por los censos, pero las estadísticas nada dicen de la paz del campo, esa ave solitaria que no puede anillarse, medirse ni pesarse, y que está tan en desgracia, aquí en el Duratón, como un joven buitre al que hubiera sorprendido el levante cruzando en otoño el estrecho de Gibraltar.

El Duratón, que nace en Somosierra, serpentea a lo largo de 25 kilómetros, desde Sepúlveda al embalse de Burgomillodo, encajonado entre acantilados calizos de hasta 70 metros de altura. Un senderillo sombreado por chopos, sauces y alisos nos va a permitir caminar a su vera hasta el mentado puente de Villaseca, que queda a mitad de hoz. Madrugando un poco, evitaremos el jabardillo. Y todo puede ser que a los amantes de la soledad se nos ponga cara de autillo.

Sepúlveda, la 'Septem Pública' a la que dieron nombre las siete puertas de su muralla, es villa de vieja historia, Plaza Mayor pintoresca –Solana y Zuloaga, de hecho, la pintaron– y mucho arte románico, tanto que sería largo de contar y no digamos ya de visitar, sobre todo si nos vienen pisando los talones los 'dominguerus'. De ese estilo es la iglesia de la Virgen de la Peña, asomada desde 1144 al hondo tajo que el Duratón surca al norte de la villa. En el aparcamiento situado allí cerca, arranca nuestro camino en pos de una de aquellas siete puertas, la de la Fuerza, que es la única que, haciendo honor a su título, se mantiene en pie después de tanta historia.

Tras enhebrar la puerta, el camino baja al río siguiendo el rastro de una calzada romana, cruza el puente de Picazos, pasa sin cruzarlo junto al de Talcano –también romano– y continúa ya sin pérdida posible por la orilla derecha, aguas abajo, hasta su final. Dos áreas atravesaremos señalizadas como zona de reserva, donde entre enero y julio no se puede entrar sin permiso, que los buitres están criando. En estos cortados es donde veremos mayor número de ellos –más de mil, pues a las 566 parejas citadas, hay que sumar pollos e inmaduros–, ensayando en el cielo, no más entibiarse el éter con el primo sol, su alta coreografía de espirales ascendentes.

Unas cuatro horas –reservando media para el almuerzo– nos llevará alcanzar el puente por el que pasa la carretera de Villaseca a Sebúlcor, reconocible por los coches atravesados sobre el sendero, las auto-radios a todo volumen y los jipíos y lelilís de una subespecie que, además de 'ferox' y 'porcus', debe de ser más bien 'sordus'. Para mayor dolor y contraste, junto al puente se encuentra la cueva de los Siete Altares, iglesia rupestre visigótica con aras excavadas en la roca so arcos de medio punto y de herradura, donde allá por el siglo VII celebraban sus liturgias monjes ermitaños, amigos de una soledad que ya difícilmente puede hallarse en 'buitrelandia'.

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