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RUTA nº 274
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Para invierno Desnivel de 100 a 200 metros

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Castilla-León  ROVINCIA DE SEGOVIA
LOS ACEBOS DE PRÁDENA

EL ÁRBOL PROHIBIDO
Un pueblecito segoviano atesora el mayor bosque de esta especie en peligro, símbolo de la Navidad

 
 
Prádena tiene el mejor acceso por la carretera de Burgos (N-I), tomando la primera salida tras el puerto de Somosierra (N-110, dirección Segovia). El coche puede dejarse junto a las últimas casas del pueblo, desde las que se avista la zona recreativa El Bardal, al otro lado de la carretera
no hay fuentes
pista de tierra
invierno es la mejor época para visitar este bosque, pues se produce entonces el mayor contraste entre los acebos –con sus hojas y sus frutos en todo su esplendor– y el resto de las especies. Además, los rodales de acebo ofrecen un estupendo resguardo en días de lluvia o frío intenso
sin señalizar
Domingo Pliego, en la guía 'Excursiones fáciles por la provincia de Madrid' (Editorial Desnivel), tomo 1, itinerario 3, propone esta ruta como parte de una marcha más larga hasta el pueblo madrileño de Braojos
La Cija y La Tena son dos coquetas casas rurales que han sido habilitadas en una antigua cuadra de Casla (a 4 kilómetros de Prádena) respetando la piedra caliza y la madera de enebro. La Cija se alquila por habitaciones y La Tena completa. Precio medio. Información y reservas en el tel.: 921-50 8207
mapa 'Sierra Norte', a escala 1:50.000, editado por La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257); en su defecto, hoja 19-18 (Prádena) del S.G.E. o la 458 del I.G.N.
 

El acebo viene a ser el Árbol de la Ciencia del Guadarrama, el Árbol del Bien y del Mal de ese paraíso que es la sierra del Guadarrama. De hecho, una de las primeras leyes que dictaron los creadores de la autonomía madrileña, allá por septiembre de 1983, fue prohibirnos que nos acercáramos al 'Ilex aquifolium', que dicho así, con latines, suena como a amenaza de excomunión.

Antes de la prohibición, el madrileño vivía en la más edénica de las inocencias y, en cuanto veía un acebo, se abalanzaba sobre él como Adán sobre las manzanas de Eva. De su corteza interna, el primitivo madrileño extraía liga para cazar pajaritos. Con las hojas, maceradas en vino, preparaba una pócima tonificante (aunque es probable, según dicen los modernos galenos, que este efecto se debiera más al morapio que al acebo). Reputaba asimismo las hojas como laxantes y diuréticas, y los frutos como purgantes y –a mayores dosis– vomitivos. Del resto, hacía leña, que ardía como el sol.

Con el tiempo, fue aprendiendo el humilde oficio de San José y apreciando la textura fina y uniforme de aquella madera que, aun siendo dura y difícil de trabajar, tomaba bien los colorantes e incluso, teñida de negro, pasaba por ébano. Razones todas de peso (por cierto, que la madera de acebo pesa lo suyo, tanto que ni siquiera flota en el agua) para que fuera éste el material elegido para hacer las ventanas del Palacio Real. Con tiempo y dinero, acabó convirtiéndose en un dominguero y, perdida la fe en la naturaleza, se entregó a prácticas y supercherías paganas como la de decorar la casa con ramas de acebo en llegando las Pascuas. Y tal fue el expolio, que hoy, para contemplar un gran bosque de acebos en la sierra, el madrileño ha de irse a Segovia, la última linde del paraíso. Allende la Somosierra, tomando el primer desvío que le sale a mano izquierda a la autovía del Norte, camino pues de Segovia, el excursionista empezará a advertir cómo proliferan, a ambos lados de la carretera, árboles de tronco tortuoso y porte prehistórico, cuyas copas aovadas –puestos a imaginar– parecen estar gestando en su interior la cría de algún saurio fabuloso; se trata de sabinas ('Juniperus thurifera'), supervivientes de las glaciaciones cuaternarias que ahora se baten en retirada, como todo en el Guadarrama.

Uno de sus últimos refugios se halla en el término de Prádena, lugar favorecido por los dioses del bosque, pues, amén de sabinas, atesora la mayor acebeda de la sierra. Para llegar hasta ella, el excursionista deberá acercarse a pie desde Prádena hasta el área recreativa de El Bardal, que apenas dista cien metros de las últimas casas del pueblo. Bordeando por la izquierda el perímetro exterior de los merenderos, y luego una cerca de piedra, corre una pista que conducirá al caminante, en cosa de media hora, hasta un portalón metálico que da acceso a una zona de prados. Poco más adelante, el camino gira en ángulo recto a la derecha, dejando en la mano contraria un bosquete de pinos y yendo a desembocar, en otro cuarto de hora, en un regato, por cuya margen izquierda (derecha, según se sube) el excursionista alcanzará en un periquete la acebeda.

Quien sólo conozca los acebos por los muy menguados individuos que crecen desperdigados en la vertiente madrileña de la sierra –salvo en Robregordo, donde los hay también bastante lozanos–, quedará estupefacto al toparse con los enormes rodales que aquí cunden por doquier. Cúpulas vegetales de diez metros de altura crean en su interior una cálida penumbra, un ambiente húmedo y espeso como de catacumba o fondo submarino. Fuera, en los dominios de la clorofila, las hojas lustrosas –pinchudas, coriáceas, relucientes– y los frutos de color escarlata brillan como un luminoso navideño. Dentro, en el oscuro corazón de la acebeda, las vacas rumian y frezan a sus anchas, tan calentitas, sin nadie que las importune. Y ésta es tal vez, para ellas, la mejor definición del paraíso. El regreso de esta simplicísima ruta se efectúa por el mismo camino.