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RUTA nº 258 PROVINCIA DE SEGOVIA Distancia desde Madrid: 77 Kms.
Castilla-León  EL CHORRO DE LA GRANJA
EL AGUA QUE NO CESA
Esta cascada salvaje de cien metros está a menos de una hora de paseo de San Ildefonso y sus fuentes secas

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La Granja tiene su acceso más directo es por la carretera de La Coruña (A-6), tomando en Villalba por la M-601 hasta el puerto de Navacerrada y luego por la CL-601 hacia Segovia. Una vez en el real sitio, hay que seguir las señales hacia el Centro Nacional del Vidrio, doblar por el paseo de Santa Isabel y continuar por el de la Puerta del Campo hasta la urbanización Seo de Urgel, donde está el cartel indicador del Chorro. Hay autobuses a La Granja de La Sepulvedana (tel.: 91-530 4800)
pista y sendero con un par de letreros
ideal para primavera, cuando están florecidos los cambroños y el arroyo del Chorro lleva un mayor caudal; o bien para verano, pues cabe aprovechar para darse un chapuzón en las pilas que se forman al pie de la cascada
mapa 'Sierra de Guadarrama', de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257), hoja 18-19 (Segovia) del S.G.E. o la 483 del I.G.N.

Las guías turísticas ponderan mucho el olfato del que los reyes de España hicieron siempre gala al plantar sus residencias palaciegas en enclaves naturales de primer orden, cuando lo cierto es que sólo les movía la bonanza del clima –el otoño en El Escorial, el invierno en El Pardo, la primavera en Aranjuez y el verano en La Granja– y la vecindad de buenos cazaderos. Lo natural, tanto para los Austrias como para los Borbones, era atizarle un plomazo en el pestorejo al primer irracional que se les atravesara por el monte.

De montería andaba Felipe V por los bosques de Valsaín, allá por 1717, cuando, según las crónicas, se enamoró de la granja de recreo que los monjes jerónimos del monasterio segoviano del Parral tenían, junto a una ermita consagrada a San Ildefonso, en la salida del valle. Felipe V, que estaba neurasténico perdido, acarició de inmediato la idea de abdicar y retirarse a tan apartado lugar. Pero el rey, antes que neurasténico, era francés y del XVIII, y así como le placía sobremanera la quietud del lugar, le inquietaba lo selvático y montuoso del entorno. Lo natural, que decíamos antes.

También francés y del XVIII era el duque de Saint-Simon, que a su paso por aquí reputó más atractiva la vista hacia Segovia que la “desagradable belleza” de las montañas. Y el conde de Creutz, quien dijo que La Granja de San Ildefonso se hallaba “en la bajada del horrible Guadarrama”. Añádase a esta opinión imperante la peregrina teoría de Dézallier D’Argenville: “Si uno se va a vivir al campo es para poder tener un jardín más vasto y magnífico”, y se comprenderá por qué Felipe V, nada más adquirir la finca en 1720, arrasó medio monte y encargó al arquitecto René Carlier el trazado de un gran jardín al estilo francés; un paraíso artificial que, como observó Cela, está donde está “por la misma razón que podía estar en la luna o en el fondo del mar, como las llaves”.

Lo más curioso del caso es que esta preferencia por lo artificial perdura entre los turistas del real sitio, que visitan en manada los parterres geométricos, las fuentes ornamentales, las rías y las cascadas de pega, en tanto que una maravilla natural como la cascada del Chorro no la conocen ni de oídas. Repasando todo lo que se ha escrito sobre La Granja, la única mención que hemos hallado del Chorro data del dichoso siglo XVIII: “En este inculto valle, / cuyos gigantes riscos / son Cabeza Melera, / El Chorro, Peñalara y Siete Picos...” (Nicolas Fernández de Moratín, 'A un amigo desde San Ildefonso'). Una cita rezumante de artificiosidad ilustrada, que es la que aún se manifiesta en los turistas civilizados. Y como las guías al uso nada dicen sobre este gigante risco por el que se despeña el arroyo del Chorro Grande, es como si no existiera. Natural.

Tan sólo un humilde letrero de madera, colocado junto a la esquina septentrional de la tapia de los jardines, informa: “El Chorro, 45 minutos”. Unos 300 metros más adelante, siguiendo la calle asfaltada que recorre la urbanización Seo de Urgel, se presenta a mano izquierda una portilla metálica y, tras ella, el camino de tierra que conduce en suavísimo ascenso por el robledal hasta la vaguada del arroyo del Chorro Grande. Remontándolo, el camino se torna sendero, culebrea por entre los cambroños y, al llegar al pinar, desemboca al pie de la cascada: un chorrazo que suma cien metros en dos caídas sucesivas por la superficie desnuda de la roca. Las guías turísticas ponderan mucho el hermoso espectáculo de las fuentes de La Granja en acción, pero lo cierto es que corren una por una contados días, porque no hay manera humana de proveer los 637.048 litros de agua que surten funcionando todas juntas en un solo minuto. “Tres minutos me diviertes y tres millones me cuestas”, es fama que dijo Felipe V al inaugurar la fuente de los Baños de Diana. El Chorro funciona siempre y no cuesta un real. Es la diferencia entre los paraísos naturales y los artificiales.

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