RUTA nº 439 RUTAS POR OTRAS PROVINCIAS Distancia desde Madrid: 210 Kms.
Castilla-León  CAÑÓN DEL RIO LOBOS
LA GARGANTA PRODIGIOSA
Un santuario templario del siglo XII, cuevas, buitres y nenúfares maravillan a quien pasea por este barranco soriano

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al río Lobos (Soria) se accede yendo por la autovía del Norte (A-l) hasta el kilómetro 104, por la N-110 hasta San Esteban de Gormaz, por la N-122 hasta El Burgo de Osma y por la SO-920 hasta Ucero, puerta del parque natural
sendero con letreros de madera
Actividades. Soria Cavernaria (tel.: 975-21 3097): visita guiada a la cueva de la Galiana. Soria Aventura (tel.: 627 916107): rutas de senderismo y en bicicleta de montaña. Club Ecuestre San Leonardo de Yagüe (tel.: 975-37 6275): paseos a caballo por el cañón. Más información. Casa del Parque de Ucero (tel.: 975-36 3564)
mapa 21-14 (San Leonardo de Yagüe) del S.G.E.
Comer: La Parrilla (Ucero; teléfono 975-36 3563): carnes y pescados a la brasa; precio medio-bajo. Cabaña Real de Carreteros (Casarejos; teléfono 975-37 2062): carnes a la parrilla y setas; precio medio. Virrey Palafox (El Burgo de Osma; teléfono 975-34 0222): ensalada psicodélica, setas de cardo y manitas rellenas; precio medio-alto. Dormir: Los Templarios (Ucero; teléfono: 975-36 3528): antigua vivienda del cura, rehabilitada mezclando elementos rústicos y vanguardistas; doble, precio bajo. Cabaña Real de Carreteros (Casarejos; tel.: 975-37 2062): casa de carreteros del siglo XVIII, con típica cocina pinariega; precio bajo. La Reserva (San Leonardo de Yagüe; tel.: 975-37 6912): moderno hotel en un frondoso pinar, con gimnasio, jacuzzi, sauna, piscina y restaurante; precio medio-bajo
en Ucero: castillo y centro de interpretación del parque. En El Burgo de Osma (a 16 km.): catedral, murallas, puente romano, castillo árabe y yacimiento arqueológico de Uxama. En San Leonardo de Yagüe (a 17 km.): fortaleza abaluartada

Siete siglos después de que Clemente V se cargara de un bulazo la orden del Temple, la ermita románica de San Bartolomé sigue señalando el lugar en que aquélla tenía uno de sus principales monasterios. Que caballeros tan poderosos, más que muchos reyes, se establecieran en un cañón perdido del noroeste de Soria, lejos de cualquier camino y, por tanto, sin interés militar ni comercial, es uno de esos misterios que obnubilan a los amigos de lo esotérico.

Hay al que no le parece casualidad que el santuario equidiste de los cabos de Creus y Finisterre: 527 kilómetros y 127 metros, para ser exactos. Hay al que, uniendo éste y otros enclaves templarios de Soria con una línea imaginaria (¡y tanto!), le sale la constelación de Hércules. Al otro, la de Sagitta. A esotro, la letra griega tau... Y así, mil majaderías, como lo es seguir pensando que a los templarios los liquidaron por hechiceros, y no por ser demasiado ricos. Lo que no puede negarse es que el lugar posee un atractivo fuera de lo normal: un magnetismo (en la jerga ocultista) que, ya 3.000 años antes que a los templarios, indujo a los hombres de la Edad del Bronce a habitar la cueva Grande, la cual abre su inmensa boca justo enfrente de la ermita, en la otra orilla del río Lobos; que, cada 24 de agosto, atrae a las gentes de la comarca en multitudinaria romería, reavivando la llama de ancestrales cultos cavernícolas; y que, todos los años, hace que 220.000 personas visiten el parque natural del cañón del río Lobos, un número que, comparado con las soledades de Soria, roza ciertamente lo sobrenatural.

Para descubrir el imán que tales prodigios obra, nos echaremos a andar por el cañón desde el aparcamiento de Valdecea, el último que aparece avanzando en coche río arriba desde el pueblo de Ucero. Y, ya desde los primeros pasos, nos sentiremos arrebatados por la grandeza catedralicia de los paredones calcáreos de casi 200 metros de altura, plagados de agujas, oquedades y bóvedas encarnadas. En las pinas laderas, veremos augustas sabinas; sombreando el camino, álamos negros y sauces ribereños; y, sobrenadando en las aguas verdes y estáticas del río, nenúfares amarillos.

A un kilómetro del comienzo —un cuarto de hora a paso regular—, nos toparemos con la ermita, que es grandecita y de recia sillería, como corresponde al templo del que fue un importante monasterio, con dos rosetones de corazones entrelazados y un ejército de canecillos figurando lobos, monos y símbolos indescifrables que han dado pie a fantasías que nada tienen que envidiar a El código Da Vinci.

Los buitres leonados, asomados como gárgolas en las cornisas del cañón, completan este escenario de fábula medieval. Para continuar río arriba, deberemos tener en cuenta que el Lobos aparece y desaparece caprichosamente -el Guadiana soriano, le llaman— y, en tiempo de lluvias, violentamente, haciendo intransitable el cañón. Incluso fuera de esa época, es preciso vadearlo una y otra vez, pues puentes, más allá de la ermita, no los hay.

Al primero de dichos vados llegaremos como a los tres cuartos de hora de paseo. Y, acto seguido, a la confluencia del arroyo de Valderrueda. Las siguientes referencias serán la fuente del Rincón, que mana en una romántica pradera a cuatro kilómetros del inicio (una hora y cuarto), y la cueva Negra (una hora y media), en cuyas paredes afloran cristales de cuarcita y aragonito, contribuyendo con sus reflejos a acrecentar la magia deslumbrante del cañón.

Una hora más nos llevará alcanzar, por valle más abierto y tapizado de pinares, el puente de los Siete Ojos. Y otras dos horas y media —cinco en total—, regresar al punto de partida por el mismo camino, atravesando nuevamente este paraíso de nenúfares, grutas, primores románicos y angelotes carroñeros. No nos querremos marchar a casa. Es el imán del río Lobos. Es el legendario tesoro (nunca hallado, pese a que estaba a la vista) de los templarios.

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