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| RUTA nº 408 |
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| CALATAÑAZOR | ||||||||
| LO MISMO QUE VIO ALMANZOR |
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Encastillado en un peñasco sobre el valle de la Sangre –tremendo nombre, que no han logrado borrar las aguas de 1.004 inviernos–, Calatañazor se mantiene firme en su viejo sueño, fiel a las calles empedradas y a los soportales de madera, a las casas de entramado de sabina relleno de adobe y a las cónicas chimeneas pinariegas, a la picota y a las tumbas antropomorfas, al cinturón de murallas y a la decrépita fortaleza sobre la que planean, trazando círculos lentos como los relojes del pueblo, aquéllos que le dieron su más antiguo nombre: Kalat al-Nasur, el castillo de los buitres. Pero el sueño de Calatañazor, como todos los sueños, envicia, y si uno no se espabila, puede quedarse aquí durmiendo con los ojos abiertos todo el día. Así que, antes de que eso ocurra, saldremos a pie del pueblo por la carretera de Muriel, dejando atrás la ermita románica de la Soledad, para coger a los 500 metros el desvío señalizado a Abioncillo y, acto seguido, tirar de nuevo a la izquierda por un camino agrícola que corta los labradíos, bordea un colmenar y sube suavemente por un montecillo bravo de encinas y sabinas, pequeño anticipo del magnífico bosque que más tarde visitaremos. Como a una hora del inicio, desembocaremos en la carretera (a principios de 2004, aún sin asfaltar) que va de Blacos a Abioncillo de Calatañazor. En esta última aldehuela, que estaba muerta y ha sido resucitada como pueblo-escuela por un grupo de profesores de la La Fuentona es un paraje declarado monumento natural que merece (y otro día, ya se la dedicaremos) una jornada entera de excursión. Hoy nos limitaremos a la senda principal, de unos 700 metros, que lleva por el fondo del barranco calizo hasta el nacedero donde el Abión aflora, hecho ya un río grandecito, después de un curso subterráneo que los espeleobuceadores aún andan explorando. Puentes de madera, cascadas y diáfanas pozas de lecho pedregoso hacen un paisaje como de jardín japonés, una impresión que se acentúa al arribar a la laguna insondable de color esmeralda donde surge el río y donde se espejan, retorcidas y esculturales, como bonsáis gigantes (si se nos permite el oxímoron), las viejas sabinas. Para ver sabinas hermosas, las más del mundo, aún deberemos caminar media hora más –tres en total, desde el inicio– por la solitaria carretera de Muriel a Calatañazor. Bien señalizado, a medio camino entre ambos pueblos, se halla el sabinar de Calatañazor, un bosque de 30 hectáreas que maravilla por su pureza –ni encinas, ni enebros: sólo sabinas albares–, su densidad –250 pies por hectárea–, su esbeltez –muchos árboles rondan los 14 metros– y su longevidad, pues hay ejemplares de cerca de 2.000 años, anteriores no sólo a la batalla de Calatañazor, sino al cerco de Numancia. En otra hora, por la misma carretera, estaremos de nuevo en Calatañazor, donde Almanzor no perdió nada, como no fueran las ganas de volver a Córdoba después de ver aquí tanta belleza reunida. |
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