El ánade real es un pato grandecito, de entre 50 y 65 centímetros de longitud, excelente nadador y muy confiado -salvo donde se le persigue a tiros, claro está-, que presenta, entre otras particularidades, un acusado dimorfismo sexual. Es decir: que mientras la hembra luce un anodino plumaje pardo, el macho va vestido como de fiesta -cabeza y cuello de color verde lustroso, collar blanco, dorso castaño y popa negra-, lo cual desorienta al lego en la materia, que no concibe que individuos tan disímiles puedan pertenecer a una misma especie, y menos la idea de un pato metrosexual.
Al embalse de Navacerrada, donde abundan sobremanera estas aves, le pasa algo parecido. Por un lado, está el embalse que se ve desde el pueblo, de aguas siempre relucientes, rodeado de prados, vacas y regatos. Por otro, el que se contempla desde la coronación de la presa, de un azul casi negro, con una lontananza de altas cumbres peñascosas.
Giner diría que aquél tiene la "belleza femenina" de los paisajes del norte de España, y éste la fuerza varonil típica del Guadarrama. Pero Giner era un hombre del siglo XIX. Nosotros no decimos eso. Sólo que parecen distintos, siendo la misma cosa. Para comprobarlo, saldremos del centro de Navacerrada por la calle Prado Jerez y atravesaremos, al final de la misma, el parque Cerca del Concejo, donde descubriremos de sopetón, cabrilleando tras el robledal, el dulce objetivo de nuestra andadura. A partir de aquí, sólo tendremos que seguir el contorno del embalse en el sentido de las agujas del reloj, usando para mayor comodidad una senda acondicionada con puentes de madera y jalones numerados. Huelga decir que, si lo rodeáramos al revés, tampoco pasaría nada.
Tras cruzar el río Navacerrada -que es el principal contribuyente del embalse- y franquear la alambrada perimetral por un paso para pescadores, se nos presentará la ocasión de subir por un camino evidente, aunque sin señalizar, al cerro de las Cabezas. No tiene pérdida: lo corona una caseta con pararrayos.
En una hora, a contar desde el inicio, estaremos en la cima de esta peña que descuella 80 metros por encima del embalse, dominando íntegra su superficie de 93 hectáreas tachonada de ánades, somormujos, gaviotas y cormoranes; unas aves, estas últimas, a las que las gélidas linfas serranas les deben de parecer aguas termales, comparadas con las de las latitudes hiperbóreas que frecuentan el resto del año. Justo al norte, encajonada entre la Maliciosa, la Bola del Mundo y la cuerda de las Cabrillas, reconoceremos la garganta pinariega de la Barranca, donde nace el río Navacerrada.
Mirando a naciente, divisaremos el embalse de Santillana, donde dicho río entrega sus aguas al Manzanares. Y convendremos en que, para llegar allí, da una vuelta realmente extraña, doblando en ángulo recto al pie de nuestro observatorio. De hecho, bastaría cambiar dos o tres piedras de lugar para que se desviara al valle del Guadarrama, que también se contempla, dada su proximidad, de maravilla.
Del cerro bajaremos por donde hemos subido, para luego continuar por la senda ribereña y cruzar, al cumplirse una hora y media de marcha, el muro curvo de 516 metros de longitud y 47 de altura de la presa. En servicio desde 1969, ésta ofrece, además de 11 hectómetros cúbicos de agua potable y un agradable paseo, entretenimiento a los pescadores, que, según cuentan, sacan truchas arco iris de más de dos kilos de peso, aunque ya será algo menos.
Por el siguiente paso de pescadores, nos arrimaremos a la orilla occidental y, culebreando a su vera, nos plantaremos de nuevo en el pueblo tras dos horas de gira. Imposible no sentir, durante este último trecho, el hechizo de la sierra de la Maliciosa, cuya silueta de esfinge aparece duplicada en el espejo del embalse. Incluso los cormoranes, que se secan desplegando las alas sobre los muñones de las cercas anegadas, parecen adorar a esta enigmática bella. |