En
1876, Francisco Giner de los Ríos, que había probado la
cárcel por apoyar a otro catedrático, que a su vez había
sido desafiado a duelo y expedientado (en este orden) por dar una charla
sobre las teorías de Darwin, decidió fundar un colegio de
ideario apolítico y laico. Entre las máximas de la flamante
Institución Libre de Enseñanza: salir al campo con los chavales
a estudiar en el libro abierto de la naturaleza. Parece mentira que, 125
años después, el inglés, la educación sexual
y los ordenadores entren casi a diario en todas las aulas y, sin embargo,
muchos chicos no salgan con sus maestros a la sierra más que un
par de veces al año, las dos para jugar al burro.
Una gélida tarde del invierno de 1902, Constancio
Bernaldo de Quirós, que había estudiado Derecho en la cátedra
de Giner, se tropezaba con siete alumnos de la Institución ante
una chimenea de El Paular: Inquietos y charlatanes, llenos de alegría,
parecían pájaros secándose al sol en una rama.
Y al día siguiente, viendo al profesor repartirles una hogaza para
que comieran sobre la marcha (¡29 kilómetros por la nieve
del valle del Lozoya!), reflexionaba con amorosa melancolía: Mientras
ellos alzaban los brazos en demanda [de pan], pensábamos nosotros
en el simbolismo de aquella escena, y la tristeza de haber sido criados
fuera de aquella pedagogía inteligente y buena éranos luego
suprimida por la satisfacción de verla allí presente, sana
y viviente para otros ('Peñalara', 1905).
Años después, en 1913, Bernaldo de Quirós
y 11 amigos fundaban la sociedad Peñalara, y en 1918 estrenaban
refugio en el valle de la Fuenfría. A nadie le extrañará,
después de leer sus cariñosas palabras, que Constancio y
compañía dedicaran a los 'peques' de la sociedad una de
las más bellas sendas de la sierra, la que corre desde la pradera
de Majalasna a la del collado Ventoso por la escarpada ladera occidental
del segundo de los Siete Picos, serpenteando entre viejos pinos y grandes
bolos graníticos, casi como un juego.
En busca de la senda de los Alevines, que así
se llama, nos plantaremos en el aparcamiento de Majavilán, al final
de la carretera de las Dehesas de Cercedilla, y nos echaremos a andar
por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar
en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen
romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Nada más pasar
el puente, cogeremos a la derecha por el camino Agromán, una ancha
pista de tierra y guijo que muere pronto, aunque se prolonga a la izquierda
por la vereda de Enmedio señalada, como la anterior, con
círculos naranjas, la cual sube rauda zigzagueando por el
pinar.
Como a tres cuartos de hora del inicio, daremos con la
pista conocida como carretera de la República, y avanzando a la
derecha por ésta, en otro tanto, con la pradera de Navarrulaque,
en un rincón de la cual hay un corralillo con una encina plantada
en memoria de Giner y un verso de Antonio Machado, que fue alumno suyo.
Desde esta luminosa pradera asciende, por lo más alto del monte,
una senda marcada con trazos de pintura blanca y amarilla que nos dejará,
cumplidas dos horas, en la pradera de Majalasna, que tampoco es fea, rodeada
como está de pinos repeinados por el viento norte y de vistas de
medio Madrid y media sierra de Guadarrama.
Dejando a la izquierda el mogote granítico de
Majalasna, que es el primero y más chico (1.933 metros) de Siete
Picos, cruzaremos la pradera y, sin perder ahora de vista unos círculos
amarillos, bordearemos el segundo pico por la senda de los Alevines, tan
sinuosa que diríase diseñada por una serpiente de escalera.
Así llegaremos en otra media hora a la fuente de los Alevines y,
acto seguido, a la recoleta praderita del collado Ventoso. Aquí
aparece señalado hacia la izquierda el camino Schmid, el cual desciende
como un rayo al fondo del valle de la Fuenfría, donde está
el viejo refugio de Peñalara y, poco más abajo, el aparcamiento
del principio. |