En
el montuoso término de Cercedilla hay, si los mapas no mienten,
72 fuentes. Por orden de fama, encabeza la lista la de los Geólogos,
que está en la subida al puerto de Navacerrada y que más
gente no atraería ni aunque surtiese cava. Le sigue de cerca la
del Helecharón, que durante medio siglo XX abasteció de
agua corriente a la población y dio pie al decir: “El que
viene a Cercedilla y bebe del Helecharón, se queda aquí
para siempre y se trae un familión”. Están la de Matalobos,
la del Bolo, la del Barrancón... Y así hasta llegar a esas
fuentes de escaso nombre y malo, como la del Coñito o la de la
Sanguijuela, de las que pocos saben y, menos aún, a qué.
La mayoría de esas fuentes –alrededor de
50– se hallan en el valle de la Fuenfría, que no es un topónimo
puesto a la ligera sino la gélida realidad de numerosos manantiales
que no rebasan los seis grados de temperatura en pleno estío. Muchas
de ellas son chorrillos montaraces, venas sin caño ni pilón
que se desangran en un tolladar para exclusivo solaz de las libélulas.
Mas abundan también los veneros canalizados y con murete de presentación,
que es la mínima arquitectura que el bebiente precisa para sentirse
a gusto y confiado mientras hace la reverencia de rigor. Nueve de estas
fuentes acondicionadas jalonan el paseo que hoy vamos a dar.
Empezaremos la andadura visitando la fuente de la Teja,
que está casi al final de la carretera de las Dehesas, junto al
aparcamiento que hay frente al restaurante Casa Cirilo, en mitad de la
espléndida pradera. Y después bajaremos por la misma carretera
unos 300 metros para, nada más rebasar la residencia Lucas Olozábal,
salirnos a la izquierda siguiendo una vereda marcada con círculos
de pintura naranja que pasa por delante de la fuente del Tercer Retén
–segunda de la jornada–, cruza el río de la Venta por
una pasadera de madera y dobla a la izquierda para ascender en zigzag
por la ladera oriental del valle, entre espeso boscaje de pinos silvestres.
Por la vereda de los Encuentros, que así se llama,
y luego por la Alta, igualmente señalizada, llegaremos en una hora
a la fuente del Pocito, que estaba medio perdida y fue recuperada en 2000
con motivo de la fiesta montañera del Aurrulaque, cuyo promotor,
Antonio Sáenz de Miera, adorna todos los años el valle con
un monumento nuevo, en este caso bonito y provechoso. Poco más
arriba pasa la carretera forestal de la República, por la que subiremos
en media hora más a la pradera de Navarrulaque, cuya fuente-refugio
aúna las dos únicas caridades saludables –abrigo y
agua– que a un caminante pueden hacérsele desde que el pan
engorda y el tabaco mata.
Sin dejar el suave trazado de la carretera de la República,
y tras dos horas de marcha, arribaremos a la fuente –y van cinco–
de Antón Ruiz de Velasco, bautizada así en memoria de un
destacado miembro de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara.
Y media hora después coronaremos el puerto de la Fuenfría,
a cien metros del cual, en la vereda que lleva al de Navacerrada –senda
de los Cospes–, la fuente del Puerto riega la rosa de los mil caminos
que irradian de esta divisoria entre el valle madrileño de la Fuenfría
y el segoviano de Valsaín, endulzando más gaznates de montañeros,
jinetes y ciclistas que ninguna otra en toda la sierra.
Una hora más –tres y media en total–
nos llevará volver al fondo del valle por el más antiguo
y directo de esos caminos: la calzada romana. Durante la bajada veremos,
eternas y brillantes como las losas del 'pavimentum', las aguas manantías
de las fuentes de Peñalara, a la vera del albergue erigido en 1918
por esta sociedad en la pradera de los Corralillos; de la Salud, junto
al puente del Descalzo, y –novena y última– de Majavilán,
en el aparcamiento del mismo nombre, a 500 metros del punto de partida.
Ni que decir tiene que, para esta ruta, sobra la cantimplora. Y que sería
una lástima, habiendo espacio en el morral, no echar doble ración
de vino. |