RUTA nº 266 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 6 Distancia desde Madrid: 57 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  CONVENTO DE CASARÁS
...Y EL TEMPLE MALDITO
El fantasma del pérfido templario Hugo de Marignac habita en unas ruinas en el pinar de la Acebeda

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a las Dehesas de Cercedilla iremos por la autopista A-6 y la antigua N-VI hasta Guadarrama, para subir por la M-622 hasta la estación de Cercedilla y seguir otros cuatro kilómetros por la M-966 hasta el aparcamiento de Majavilán. Muy cerca arranca la calzada romana, que está marcada, para más señas, con círculos blancos en los pinos. Hasta Cercedilla hay trenes de Cercanías (tel.: 902 24 0202) y autobuses de Larrea (tel.: 91-530 4800)
hay varias a lo largo del recorrido calzada romana, camino forestal, pistas
aparcamiento de Majavilán
la agencia de senderismo Arawak (tel.: 91-474 2524) suele organizar en verano marchas-vivac para disfrutar bajo las estrellas del misterio del convento de Casarás.
el itinerario a seguir viene indicado con detalle en el mapa 'Sierra de Guadarrama' (escala 1:50.000), de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38)

Noche de plenilunio en el pinar de la Acebeda. Un céfiro negro, una ventolina tibia y enredadora como aliento de lobo corre por el monte arriba levantando de la fronda muchedumbres de murmurios. No lejos del puerto de la Fuenfría, a la vera de la calzada que empedramos los hijos de Roma, una yeguada relincha en sueños en un claro del bosque oscuro. Y el caminante, con un par, allégase a las ruinas donde, dicen, mora el espectro de Hugo de Marignac. "¡Ah de la casa!..." Silencio. "¡Hugooo!..." Nada. Habrá salido a cenar.

Es (o era) Hugo de Marignac senescal de la orden del Temple, sociedad famosa por las sospechosas riquezas que llegó a amontonar en sus castillos cuando aún estaban por inventar las sospechosas cuentas de los bancos helvéticos y los magnates europeos necesitaban –entonces como ahora– poner a buen recaudo sus sospechosos caudales. En los libros de historia está escrito que los templarios fuéronse al garete en tiempos de Clemente V, allá por 1312, tras un sonado proceso que eliminó todo rastro de la cooperativa caballeresca...; todo, menos la sospecha de que el desaforado tesoro permanecía intacto en algún zaquizamí de algún castillo.

En ningún libro está escrito, empero, que el convento de Casarás perteneciese nunca a los templarios –la versión oficial dice que fue mera casa de postas erigida en 1571 por Felipe II, y que tomó nombre de Eraso, secretario del rey–, ni tampoco que el senescal fuese el postrer custodio del secreto fortunón, pero la leyenda, que jamás se rinde a las evidencias, así lo atestigua y aun va más lejos todavía. Y es que, de creer la conseja, Hugo de Marignac, trastornado sin duda por la soledad del monasterio y por su paradójica condición de tesorero miserable, quiso compartir ambas cosas –soledad y doblones– con una joven condesa, dama de la reina de Castilla, que a la sazón andaba de jornada en el palacio de Valsaín.

Resuelto a obtener por la fuerza lo que no le otorgaban de grado –pues al parecer la condesita guardaba la ausencias a su novio–, el senescal visitó a un monje nigromante que pasaba consulta en una covacha al pie de Peñalara. Enseguida hubo pacto: Hugo prometióle el oro del Temple; el brujo, los favores de la esquiva; pero ambos raposeaban. Consumado el oficio –estrafalario rito en el que el senescal atravesó con su espada el costado de la dama, surgida sólo en apariencia al conjuro de cabalísticas impetraciones–, el mago exigió sus honorarios y, como se los denegaran, estalló en una diabólica carcajada: "¡Ja! Ya me olía yo la tostada: chínchate, porque en realidad has ajado para sécula el corazón de tu amada".

Ni que decir tiene que el hechicero se ganó un mandoblazo y entregó allí mismo su negra alma a Bofanet. De Hugo de Marignac, en cambio, nada más se supo, salvo lo que cuentan los viejos hacheros de Valsaín, convencidos de que su fantasma ronda por los pinares guardando celoso el vil tesoro, ya que no el divino amor...

En noche de luna llena, como la que ahora se avecina, o en día de procela y vendaval, deberá el excursionista acercarse al aparcamiento de Majavilán, en las Dehesas de Cercedilla, y seguir a pie por la calzada romana hasta el puerto de la Fuenfría. Confúndese allí momentáneamente el venerable trazado con un camino forestal (carretera de la República), pero al cabo de trescientos metros, ya en la vertiente segoviana, vuelve a surgir a la izquierda de la pista para descender a la par que ésta hasta el despejado calvero donde yacen las ruinas de Casarás.

En 1847, Pascual Madoz afirmaba que aún podía contemplarse íntegra la fachada del convento que daba al mediodía, con sus tres plantas de alzado. De aquel legendario edificio, hoy apenas queda nada: un arco de ladrillo milagrosamente sustentado, mampuestos dispersos, borrosas estancias ocupadas por unos cuantos pinos de Valsaín, pinos de fuste vertiginoso y asombroso color dorado. Cualquiera sabe dónde han ido los muy truhanes a echar raíces...

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