| Los
pies, para la mayoría de la gente, son unos apéndices atrofiados
que la evolución ha ido acodando y encalleciendo para que podamos
pisar a gusto el acelerador, el embrague y, si no queda otro remedio,
el freno. Sólo una minoría no ignora que los pies -que no
son tres, como de su uso habitual cabría inferir, sino dos-, apoyados
en el suelo y movidos alternativamente, conducen a veces mucho más
lejos que el propio automóvil al que sirven. Un ejemplo de este
provechoso empleo alternativo se verá siguiendo a pie el sendero
de gran recorrido GR-10 entre Miraflores y Manzanares.
En Miraflores hay una estación de tren en la que
alientan versos de Vicente Aleixandre; entre Miraflores y Manzanares,
dehesas de fresnos y robles melojos, una pradería hecha a la medida
de las vacas durante siglos de aprovechamiento ganadero; y, llegando a
Manzanares, un abrigo rocoso con pinturas que datan de entre los años
1.400 y 1.200 antes de Cristo. Esto es: el presente, el pasado y la prehistoria
de la sierra, un trecho de más de 30 centurias que puede cubrirse,
moviendo los piececitos, en tan sólo cuatro horas.
La estación de Miraflores, donde principia esta
caminata, da pie -pie del otro, pie figurado- para recordar un poema olvidado
de Aleixandre; se titula 'El ferrocarril' y fue escrito a mediados de
siglo XX, cuando la línea Madrid-Burgos, cuyas obras habíanse
comenzado en tiempos de Primo de Rivera, era aún una vía
sin circulación, sin savia, sin vida. El poeta, asiduo veraneante
en Miraflores, contempla con desazón aquel "edificio grande,
/ vacío. Vidrios quietos. Árboles silenciosos. / Tapias
a los dos lados. Y tras ellas los carriles. / Son dos vías brillando
bajo un sol de justicia, / puestas sobre la grava, y allí listas
perdiéndose. / ¿Hacia dónde? Hacia nunca. Hacia jamás,
sin nadie..." Curiosamente, este poema, que el autor excluyó
de 'En un vasto dominio' (1962) ante la inminente inauguración
del ferrocarril -acaecida por fin en 1968-, ahora se nos antoja profético,
pues tres décadas después de entrar en servicio ya no para
un solo tren de pasajeros en Miraflores, y la e stación inútil,
transformada en restaurante, sigue evocando el ciego sino de los hombres:
"El pueblo lejos oye correr un tren sin vida, / sin destino y sin
bulto, y pasa y vuelve. E insiste. / Lleva a nadie y va a nunca. Nadie
lo ha visto, y suena. / Y en las noches de niebla la campana retiñe
/ y alguno oye lejano:
... ¡Viajee...ros, al tree...n!"/
¡Viajeros, al GR-10!, oyen hoy los excursionistas
mientras remontan la calzada adoquinada que sube de la estación
al pueblo para, en un centenar de metros, desviarse a la izquierda siguiendo
las señales de pintura blanca y roja que jalonan el sendero de
gran recorrido; un sendero que rodea por abajo el empinado caserío
de Miraflores, cruza la carretera de Guadalix y la de Soto del Real y
enfila entre dehesas de fresnos y robles melojos hacia la Pedriza de Manzanares.
Una capillita consagrada a San Blas, una residencia del Opus Dei y un
picadero -a los que cada cual podrá rendir visita según
sus aficiones- flanquean este camino que discurre al pie de la Najarra.
Najarra o 'nahar', voz hebraica que significa "abundosa en aguas",
aguas como las del arroyo del Mediano, que baja crecido y obliga a los
excursionistas a vadearlo descalzos, remojando esos apéndices llenos
de dedos a los que hemos dado en llamar pies.
Un kilómetro más adelante descuella el
Berrueco, un monolito de 11 metros que se ha librado de milagro de las
canteras circundantes. Igual que las pinturas rupestres de Los Aljibes.
Baste decir que caen al oeste del cancho y que no se aconseja visitarlas
por hallarse en una finca privada y porque, si uno no puede fiarse de
lo que el hombre suele hacer con los pies, a saber qué es lo que
haría de tener a mano estas 28 figuras antropomorfas de la Edad
del Bronce. Camino abajo, los excursionistas salen a la carretera de Soto
del Real a Manzanares, a media hora de esta última población.
A pie, claro. |