Desde que en el siglo
XVII Bergier metió la pata al atribuir a las calzadas romanas las
mismas capas de pavimento que Vitrubio recomendaba para las habitaciones
'statumen', 'rudus', 'nucleus' y 'summun dorsum', no ha habido
camino empedrado que no halla sido considerado primo-hermano de la vía
Apia, y así es rara la aldea gala, lusa o española que hoy
no se jacta de conservar un trechito de Roma. Lo cierto es que, según
indicó Tito Livio en 174 a. de C., las vías sólo se
pavimentaban en las travesías urbanas; o sea, que la mayoría
de las calzadas son medievales, y muchas vías romanas de arena
o grava se han perdido en el polvo de los tiempos.
Por
el Itinerario de Antonino (siglo III) y unas pocas piedras, sabemos que
nuestra región era atravesada 'in illo tempore' por una vía
que, procedente de Zamora y Segovia, cruzaba la sierra por el puerto de
la Fuenfría y bajaba hasta Titulcia, donde viraba bruscamente hacia
el noreste y seguía hacia Zaragoza. Pero diversos estudiosos han
hecho notar que tenían que existir vías secundarias, de
las que no ha quedado memoria, para ir, por ejemplo, de la Fuenfría
a 'Complutum' (Alcalá de Henares) sin dar un rodeo de más
de cien kilómetros por el sur de Madrid. Éstas correrían
por la rampa de la sierra siguiendo, 'grosso modo', el trazado actual
de las carreteras M-607 (tramo Navacerrada-Colmenar) y M-618 (de Torrelodones
a Colmenar por Hoyo de Manzanares). La existencia de dos viejos puentes
sobre el Manzanares muy cerca de estas carreteras, en el término
de Colmenar, parece apoyar tal hipótesis.
El primero que vamos visitar, el del Grajal, se halla
a tres kilómetros y medio de Colmenar yendo por la carretera de
Hoyo de Manzanares (M-618), la cual salva el río por otro puente
construido en el siglo XIX tan pegado al anterior, que literalmente lo
ahoga. Presenta una rasante alomada y un solo arco de diez metros de luz
y algo menos de tres de ancho, con dovelas irregulares, detalle éste
que hace dudar a los peritos de su origen romano, pues los maestros clásicos
en el arte de pontear eran unos fanáticos de la geometría.
Sea lo que fuese en su día, esta bella puente
arrumbada en la garganta granítica del Manzanares va a ser hoy
el punto de partida de un grato paseo por la margen izquierda del río,
el cual vamos a remontar siguiendo la plataforma por la que discurre enterrado
el canal de Santillana. Este camino, llano y evidente al principio, desaparece
bajo un farallón no más pasar la cercana presa del Grajal,
siendo sustituido entonces por una repisa de cemento que bordea la pared
vertical de la roca; surge de nuevo tras el peñón y, a un
cuarto de hora del inicio, se extingue definitivamente en la central de
Navallar, donde una lápida recuerda que fue inaugurada en 1900,
siendo la primera en suministrar energía hidroeléctrica
a Madrid.
Rebasada la central, tomaremos un sendero sinuoso que
corre a media altura para eludir los tajos y la espesura de sauces y de
zarzas que impiden la progesión por la misma orilla del río.
Por él avanzaremos lo que resta de camino, en medio de una soledad
imponente, culebreando por entre bosquetes de enebros y encinas achaparradas
que rara vez ocultan el panorama que se presenta, allá al fondo,
de la rubia Pedriza y de la Cuerda Larga, cuyas nieves lleva aún
en la sangre espumeante este impetuoso Manzanares.
Tras dos horas de suave andar, nos toparemos con el moderno
puente por el que cruza la garganta la carretera de Colmenar a Navacerrada
(M-607) y, pocos metros más adelante, con el anciano puente del
Batán: un arco de diez metros y medio de luz y casi cuatro de ancho,
con dovelado regular, más del tipo romano. Como el del Grajal,
está afeado por la proximidad del puente nuevo y, para más
inri, le han colocado a guisa de quitamiedos pues no tiene pretil
dos vallas de alambre que le sientan como a un Cristo un par de pistolas.
O como a una cuadriga un par de retrovisores, ya que la cosa va de romanos. |