RUTA nº 251 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 4 Distancia desde Madrid: 19 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  LAGUNA DEL CAMPILLO
PARAÍSO POR ACCIDENTE
Esta vieja gravera inundada de Rivas es hoy uno de los mayores refugios de aves del parque regional del Sureste

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Rivas-Vaciamadrid tiene acceso yendo por la carretera de Valencia (N-III) y tomando la desviación señalizada como Rivas-Este. Dada la proximidad del pueblo a la laguna, lo más ecológico es acercarse a aquél en la línea 9 de Metro
carretera asfaltada, pista de tierra y sendero con letreros y paneles. Suficiente ropa de abrigo, pues con toda seguridad vamos a demorarnos contemplando pájaros
el personal del centro de educación ambiental El Campillo (tel.: 600 50 8638) nos ayudará a resolver cualquier duda sobre este enclave. El centro está en la orilla misma de la laguna y permanece abierto todos los días de 10 de la mañana a 6 de la tarde. Hay exposiciones, audiovisuales, biblioteca, documentación y posibilidad de efectuar rutas gratuitas con guía alrededor de la laguna
el invierno y las fechas próximas a él son la mejor época, por la abundancia de aves
hoja 20-23 del Servicio Geográfico del Ejército o la 583 del I.G.N.

Acostumbrados a que un desliz humano ocasione todos los días una catástrofe ecológica, descubrir lo contrario, que alguien, sin querer, ha creado un paraíso, no es algo que nos devuelva la confianza en el hombre, ni mucho menos, pero sí la vieja ilusión (hermosa y terrible al mismo tiempo) de que somos los instrumentos de una fuerza infinitamente sabia y poderosa cuyos planes se nos escapan, como los pájaros que esparcen las semillas con sus excrementos. Esa sospecha, que a lo mejor no está tan desencaminada, explica el asombro con que miramos un lugar tan artificiosamente natural, tan accidentalmente conseguido, como la laguna del Campillo.

Ni adrede se hallará una actividad menos respetuosa con el medio ambiente como la que dio origen, en los años 60 del pasado siglo, a la laguna del Campillo: una extracción de grava y arena a orillas del Jarama –Madrid, a sólo 20 kilómetros, vivía el 'boom' de la construcción– que, al alcanzar la capa freática, se inundó, siendo abandonada luego a su suerte. Y su suerte fue el milagro que hoy vemos: una charca de 35 hectáreas y hasta 30 metros de profundidad, orlada de vegetación palustre y frecuentada por aves tan insólitas como –por citar la que más estupefacta a los ornitólogos– el águila pescadora, prácticamente extinguida en la península Ibérica.

No es un milagro aislado. Más de 30 graveras anegadas y naturalizadas forman cerca de la unión del Manzanares y el Jarama –el corazón del Parque Regional del Sureste– un conjunto lagunero de tal riqueza faunística que hay incluso quien habla del 'Doñana madrileño'. Siendo un pelín exagerada, la comparación lo parece menos a medida que se acerca el invierno y empiezan a reunirse aquí cientos de cormoranes, 3.000 anátidas y 30.000 gaviotas reidoras. Una concentración favorecida –todo hay que decirlo– por la proximidad de los vertederos de la capital y el ocaso de otros humedales del interior peninsular: las tablas de Daimiel, sin ir más lejos.

Lo que no es una exageración, sino la pura verdad, es que a este paraíso podemos ir en Metro. De la estación de Rivas-Vaciamadrid a la laguna, hay luego un paseo de apenas 20 minutos, saliendo del pueblo por la calle de San Isidro y bajando por la carreterilla que bordea la vía hasta la orilla misma de la charca. Una vez allí, con sólo seguir las indicaciones hacia el centro El Campillo, avanzaremos maravillados por la estrecha franja de tierra que separa la laguna del río Jarama, entre riberas salpicadas de lozana vegetación –sauces, álamos, tarayes, carrizos, juncos y espadañas–, puestos de pesca –hay tencas, carpas, barbos, lucios...– y observatorios de aves.

En tres cuartos de hora, a contar desde el pueblo, se nos ofrecerá la ocasión de visitar el centro El Campillo, un edificio bioclimático que sirve de punto de información y documentación sobre la zona. Hecho lo cual, retomaremos nuestro camino para, nada más pasar un bosquete de pinos carrascos, llegar al extremo oriental de la laguna, el más retirado y silencioso y (por eso mismo) querencioso de fochas, ánades, cercetas, garzas y cormoranes. Otras aves menos discretas, las ruidosas grajillas, piruetearán sobre nuestras cabezas cuando emprendamos el regreso por la orilla norte, bajo los grisáceos cortados yesíferos de Rivas, donde estas locas anidan.

Tras rebasar una fábrica de viguetas que hace en este paraje natural lo mismo que un perro en misa, habremos completado el circuito alrededor de la laguna, lo cual, por mucho que hayamos parado, no nos habrá llevado más de un par de horas. Tiempo y ganas, por tanto, nos sobrarán para subir por camino evidente –una pista de tierra cerrada al tráfico con barrera– a lo más alto de los cortados, y desde allí contemplar a vista de pájaro la laguna del Campillo, así como las no muy lejanas del Porcal, de las Madres y tantas otras viejas graveras que ahora son un paraíso a las puertas de la capital. Paraíso por accidente, pero paraíso al fin y al cabo.

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