RUTA nº 188 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 4 Distancia desde Madrid: 28 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  EL CARRASCAL DE ARGANDA
CAMPOS DE CASTILLA
Restos del encinar que cubría hace siglos toda la región se conservan intactos en un monte del sureste

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Arganda tiene rápido acceso por la carretera de Valencia (A-3). Hay servicios de Argabús (tel.: 91-871 2511) y línea 9 de Metro (Herrera Oria-Arganda, tel.: 91-552 5909). El punto de partida de la excursión está a un kilómetro de Arganda, junto a la carretera de Morata (M-313)
hoja 20-23 (Arganda) del Servicio Geográfico del Ejército o la 583 del Instituto Geográfico Nacional

El sur de Madrid, como todos los sures, tiene nefanda prensa ecológica. Cuando se escribe acerca de su naturaleza, es porque algún parado famélico se ha merendado un lagarto protegido por la ley o porque otro despistado ha regado un solar con varios hectolitros de aceite tóxico, a ver si crecen cigüeñales. La verdad es que Madrid, de El Pardo 'pa'bajo', da asco; pero de ahí, a negar que existe media docena de lugares donde –a pesar de los esfuerzos de políticos, industriales, promotores inmobiliarios y nativos– no se ha conseguido aún exterminar toda forma de vida, media un abismo. Uno de esos enclaves milagrosos es el carrascal de Arganda. Acaso porque el terreno donde se asienta no es muy apto para el cultivo, o quizá por pura chiripa, el de Arganda del Rey constituye uno de los últimos reductos del denso encinar manchego –junto con el del monte de la Encomienda Mayor de Castilla, en Villarejo de Salvanés, y el de la dehesa de Brea de Tajo– que hace siglos cubría buena parte de la región, cuando una ardilla podía atravesar la Península, pasando por el sur de Madrid, sin echar pata a tierra.

Razones de índole botánica no faltan, como veremos, para rendir visita al carrascal. Mas luego (o, en realidad, antes), razones hay de orden sentimental que la hacen obligada. Razones que son historia y poesía de Castilla, esa “Castilla de los negros encinares” a la que lloró Machado y a la que, emocional y geográficamente, nunca dejaremos de pertenecer los madrileños: “¡Encinares castellanos / en laderas y altozanos, / serrijones y colinas / llenos de oscura maleza, /encinas, pardas encinas; / humildad y fortaleza!”

Quienes deseen conocer cómo eran en tiempos estos campos de Castilla, deberán salir de Arganda en dirección a Morata para, en menos de un kilómetro, desviarse a la izquierda por la carreterilla que sube hacia una residencia de ancianos. A dos pasos de la barrera levadiza, una señal invita a seguir una senda ecológica; pero no será ésta la que recorrerán hoy los excursionistas, sino la que, cincuenta metros atrás, se adentra en el pinar por la margen contraria de la carretera. Hileras artificiales de pino carrasco ('Pinus halepensis'), diríase que trazadas con escuadra y cartabón, custodiarán su marcha por el sendero y después –a mano izquierda– por pista forestal, hasta desembocar en una pequeña vaguada donde el carrascal se les mostrará, por vez primera, en toda su diversidad. Alguna encina adulta y multitud de jovenzuelas –carrascas– comparten su enmarañado dosel con arbolitos como el quejigo o el arce de Montpellier y con arbustos como el aladierno, la cornicabra, la rubia, el torvisco o la esparraguera silvestre. Coscojas, esplegueras y romerales cunden allí donde el hombre, hacha en ristre, ha hecho acto de presencia. Mientras que en lontananza, sobre lomas peladas como calaveras, tomillares, espartales y jabunales muestran cuál fue (y será) el destino último de nuestros encinares.

Remontando la vaguada por su fondo –de nuevo a mano izquierda–, una vereda franca y luminosa conducirá a los paseantes a través de la espesura del carrascal hasta la siguiente encrucijada, desde donde, optando esta vez por el camino de la derecha, ganarán el breve repecho que los separa de un nítido cortafuegos. Les bastará seguir su trazado, que poco más arriba se transforma en pista y luego en trocha, para plantarse en lo alto del cerro que mejor domina el achaparrado bosque y las lomas fantasmales del más allá. Desde esta cima habrá quienes, como Machado, vean cruzar errante la sombra de Caín.

Habrá quienes, también como el poeta, vean en la encina las virtudes de un mundo perdido: “¡Humildad y fortaleza!” Y habrá quienes no vean nada, se encojan de hombros, prosigan su andadura por la trocha cerro abajo, vuelvan a dar en la vaguada de hace un rato y, de la vaguada, por el mismo camino que hasta ella les trajo, en la carretera. La España que bosteza.

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