RUTA nº 169 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 3 Distancia desde Madrid: 62 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  LOS MOLINOS DEL RIO COFIO
AGUA QUE NO HA DE VOLVER
Ocho aceñas en ruinas salen al paso de quien remonta el curso alto de este rio en la sierra de Malagón

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a la colonia El Pimpollar se va por la carretera M-505 (Las Rozas-Ávila), pasando de largo El Escorial y el puerto de la Cruz Verde, y desviándose, poco antes del kilómetro 40, hacia La Estación y El Pimpollar. Una buena alternativa al coche es el tren regional Madrid-Avila (Renfe, teléfono 902 24 0202), que para diez veces al día en la estación de Santa María de la Alameda, a menos de dos kilómetros de El Pimpollar
en verano este paseo ofrece el aliciente de poder remojarse en alguna de las pozas del río Cofio
José Murillo, Juan Pedro Pérez y Nicolás-P. Rodríguez son los autores de Naturaleza y senderismo en la sierra de Guadarrama, guía editada por Tierra de Fuego en la que puede encontrarse una variante mucho más larga – 22 kilómetros, cinco horas y media – de esta excursión, partiendo del pueblo de Las Navas del Marqués y acabando en la estación de Santa María de la Alameda
hoja 17-21 del Servicio Geográfico del Ejército o la 532 del Instituto Geográfico Nacional

Dos mil años después de que el poeta latino Antipater de Tesalónica describiera, por vez primera, el funcionamiento de un molino harinero de agua, el poeta León Felipe aún pudo escribir: “Siempre habrá nieve altanera que vista el monte de armiño, / y agua humilde que trabaje en la presa del molino”. Hoy, apenas unas horas más tarde en la historia de la humanidad, los molinos de ruedas hidráulicas –invención sumeria que supuso un avance equiparable al aprovechamiento del vapor, la electricidad o la energía atómica– son como flor de harina que se hubiera llevado el viento del progreso de la noche a la mañana. León Felipe se equivocaba.

Resulta especialmente doloroso comprobar cómo ni uno solo de los molinos de la sierra madrileña se ha mantenido en funcionamiento, siquiera sea a título de curiosidad. Y no había tres o cuatro, sino cientos. El 'Catálogo regional del patrimonio arquitectónico' cita 21 municipios serranos donde quedan restos significativos de aceñas que aprovechaban el ímpetu del Lozoya, del Manzanares, del Guadarrama... Pero la palma, que sepamos, se la lleva el Cofio, con ocho ruinas en sólo cinco kilómetros de su curso alto. Y éste es un olvido comparable a que, de aquí al 2020, no pudiera hallarse una imprenta útil, una fábrica de moneda o un avión de hélice capaz de volar.

El río Cofio, que antaño también decían de los Molinos, nace de la unión de los arroyos de Valtravieso y de las Herreras, en la sierra de Malagón, y hace de frontera entre Santa María de la Alameda (Madrid) y Las Navas del Marqués (Ávila) a lo largo de cinco kilómetros, justo los que hoy vamos a recorrer remontando su curso alto desde la colonia El Pimpollar, muy cerca de la estación de Santa María. Con este propósito, seguiremos la pista de tierra que, desde las últimas casas de El Pimpollar, baja al río y lo cruza por un puente de cemento, para acto seguido tomar a la diestra por un buen camino orlado de pinos resineros, chopos, sauces y fresnos ribereños.

Subiendo, pues, por la margen derecha del Cofio, enseguida rebasaremos los restos casi irreconocibles del molino del Prao Moral, pasaremos bajo el colosal viaducto del ferrocarril Madrid-Ávila y nos asomaremos, por entre zarzas y escombros, al interior del molino de la Fabriquilla.

Allí veremos las dos piedras de moler, fija la solera y móvil la volandera, unida ésta mediante un eje vertical a la rueda hidráulica (rodete), que está oculta en el sótano (cárcavo) y que es la que recibía el impulso del agua canalizada a través de un largo caz, resultando de ello un movimiento de más de cien giros por minuto y una producción de unos 180 kilos de harina por hora.

Más arriba, frente a una urbanización, reconoceremos el molino Nuevo por su caz monumental, enlosado con muelas, que es buen lugar para pararse a recordar los trabajos de moler perdidos: el de picar, cada nueve o diez días, la harina apelmazada en las estrías de las piedras; el de regular la presión del agua entrante mediante la tajadera; el de controlar la finura de la molienda con el levador; y, por último, el de maquilar o cobrar en especie, que como no se hacía siempre delante del cliente que llevaba el grano, era motivo de maliciosos cantares: “La molinera trae corales / y el molinero calzón fino. / ¿De dónde sale tanto lujo, / si es que no sale del molino?”

Sin apartarnos de la orilla, veremos poco después al Cofio escurrirse por un bonito paraje de lanchazos graníticos y verdes ribazos, donde a duras penas se distinguen las ruinas de los llamados molinos Juntos. Más evidentes son las del siguiente, el de la Palomilla, que queda a medio camino entre una moderna presa y una zona de tentadoras pozas. A partir de aquí, sólo resta cruzar un par de vados y una chopera para, dejando atrás los molinos del Prao Contaor y de la Pincha, salir a la carretera de Santa María a Las Navas, muy cerca del puente Saluda y de la junta de los arroyos donde nace el Cofio, al que ya nadie llama, y es una lástima, río de los Molinos.

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