RUTA nº 156 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 3 Distancia desde Madrid: 81 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  PEÑA DE CENICIENTOS
VINO, VIÓ Y TERCIÓ
El caminante hallará aquí buenos caldos, toros-toros y un balcón para otear Gredos y el Guadarrama

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a Cenicientos se puede llegar por la carretera de Extremadura (N-V), desviándose por la M-507 en Navalcarnero y luego por la M-541 en Cadalso. Autobuses de El Gato (tel.: 91-530 4459) desde la Estación Sur
se puede hacer coincidir con celebraciones como la Asunción de la Virgen, el 15 de agosto, o la fiesta de la vendimia, a primeros de octubre
Miguel Ángel Acero incluye este itinerario en su guía 'Madrid, a la búsqueda de su naturaleza' (Penthalon, 1995), y propone como variante para el regreso al pueblo desandar el camino desde la cima hasta llegar a la altura de una edificación derruida; justo enfrente nace una senda que, entre pinos y castaños, conduce a un pequeño valle, donde muere; ladera abajo, se llega a una presa y, junto a ella, pasa la pista que nos devolverá a la carretera
hoja 17-23 (Méntrida) del Servicio Geográfico del Ejército, o 580 del Instituto Geográfico Nacional
para completar la jornada, cabe tomar la carretera de Pelahustán hasta el límite provincial y disfrutar de la sierra de la Higuera, un encinar de media montaña que aún permanece intacto

Hay quien sostiene, sin poesía, que a Cenicientos le viene el nombre del color ceniza de los roquedos circunstantes. Y hay quien defiende, con ardor guerrero, que el topónimo se remonta a tiempos de la Reconquista, cuando el rey Alfonso VIII de Castilla les pidió a los regidores del pueblo cien lanzas para ir a la batalla y éstos le contestaron que “para vos tenemos cien y cientos”. Nosotros nos quedamos con la segunda versión. No sólo se nos antoja más hermosa, sino más atendible. ¿Qué mejor razón para cambiar de gracia –el lugar se llamaba antiguamente San Esteban de la Encina– que una demostración de largueza en días de ira y frontera? A un paso de Ávila, y medio de Toledo, Cenicientos es población del lejano oeste y, como tal, agasaja al forastero con placeres elementales. No habiendo casino ni mujerío ligero de cascos, los corucitos se jactan de su vino, que nada tiene que envidiar al que elaboran sus vecinos de Cadalso, los soplones. Y también de sus corridas de toros-toros, los cuales (es fama) jamás han rendido visita a la barbería. De hecho, debe de ser de las pocas localidades del planeta bravo que, en llegando la feria, para la Virgen del Roble, anuncia en los carteles a los animales con mayor derroche tipográfico que a los coletudos. Nueva liberalidad que los honra.

Además de la Virgen del Roble, los coruchos –otro gentilicio– veneran a la Candelaria, que es algo así como la marmota de Punxsutawney, Pennsylvania. ¿Recuerdan la película 'Atrapado en el tiempo'? Pues tres cuartos de lo mismo: sacan a la Señora en procesión con una vela encendida; si ésta se apaga, es señal de que el invierno aún no ha terminado; en caso contrario, la primavera ha venido. La iglesia de San Esteban –acabemos de una vez con todos los santos– es obra notable de los siglos XV y XVI. La portada corresponde al gótico, con arco canopial y decoraciones vegetales. Y se dice que la campana grande fue bendecida por el obispo de Troya, el mismo tipo que ordenó a Lope de Vega afeitarse el bigote. Pero como no hemos venido a este confín de Madrid por amor al arte, sino para probar sus caminos, será menester que nos dejemos de arcos canopiales y otras gaitas, y salgamos por la carretera hacia Cadalso para, a un kilómetro escaso de Cenicientos, tomar la pista forestal que conduce hasta la peña homónima (1.252 metros).

Erigida sobre uno de los estribos más orientales de la sierra de Gredos, entre los valles del Alberche y del Tiétar, esta eminencia berroqueña constituye una de las atalayas menos documentadas del mapa comunitario. Guárdennos el secreto: mientras que un domingo cualquiera hay que abrirse paso a codazos en los merenderos de El Escorial o la Fuenfría, aquí, a una hora y pico de la Puerta del Sol, los pinares que tapizan las faldas de este peñascal permanecen ajenos al lícito frenesí expansivo de la clase trabajadora.

Seis kilómetros de ida y otros tantos de vuelta –tres horas largas de andar– suponen un paseo facilón, mas no exento de felicidades. Ya desde el primer repecho, el excursionista se solaza en la contemplación del caserío y de sus cultivos, apiñados en torno al templo parroquial, como Dios manda. Luego la pista zigzaguea, gana rápidamente altura a través de un espeso bosque de pino resinero y, cuando aquél se quiere dar cuenta, se extingue bajo sus pies para dar paso a un sendero que culebrea hasta la misma cima. Ignorando los 'graffiti' con los que algún imbécil ha insultado estos canchos de granito, el caminante se encarama a la peña de Cenicientos y contempla aquellos otros trazos imperecederos que dibujó hace millones de años la mano firme de la naturaleza: a poniente, el valle del Tiétar (Ávila); a mediodía y naciente, la depresión del Alberche (Toledo); al norte, como telón de fondo, las cumbres de Gredos y Guadarrama. Y abajo, casi a tiro de piedra, un pueblo de placeres elementales, pero que valen por cien..., y cientos.

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