RUTA nº 148 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 3 Distancia desde Madrid: 55 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  LA GARGANTA DE PICADAS
VÍA LIBRE EN EL LEJANO OESTE
Una antigua línea férrea permite recorrer la angostura del Alberche hasta el embalse de San Juan

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al embalse de Picadas se va por la carretera de Extremadura (N-V) hasta Navalcarnero, luego por la M-507 hasta Aldea del Fresno y, tres kilómetros más adelante, por el desvío señalizado a mano derecha hacia El Rincón de los Canchos. El coche es la única opción
varios miembros del Colectivo de Investigaciones Científicas del Entorno Natural Cicen-Chrysaetos han participado en la elaboración de la guía "A pie por el suroeste de Madrid a través de una vía de tren abandonada", editada por Los Libros de la Catarata (91-532 4334), donde se describe íntegramente la vía verde
hojas 17-22 y 17-23 del Servicio Geográfico del Ejército, o las equivalentes 557 y 580 del Instituto Geográfico Nacional

En julio de 1891, el ministro de la Guerra pensó que sería conveniente construir un ferrocarril de Madrid a San Martín de Valdeiglesias por Villaviciosa de Odón –no nos pregunten para qué– e inmediatamente dio las órdenes oportunas. Cuando el tendido progresaba a la altura de Cuatro Vientos, alguien pensó que sería más conveniente aprovechar la línea ya en servicio de Madrid a Almorox (Toledo), con lo que lógicamente se ahorrarían 40 kilómetros de trazado. El 21 de marzo de 1927, el Gobierno pensó (y el rey decretó) que sería conveniente hacer caso a ese alguien.

Posteriormente, se pensó que Villamanta sería el punto más conveniente para distraer hacia San Martín un ramal de la vía existente. Se explanaron terrenos, se tendieron vistosos puentes e incluso se inauguró el trecho entre Pelayos y San Martín de Valdeiglesias "para celebrar el buen ritmo de las obras". Mas después de la guerra, todo el mundo pensó que olvidarse del tren sería lo mejor y más conveniente. El Ferrocarril del Tiétar, llamado así porque en pleno delirio se decidió prolongarlo hasta Arenas de San Pedro (Ávila) –no nos pregunten para qué–, es una de las muchas vías fantasma que surcan este país de frangollones e inconstantes. Ahora se las denomina vías verdes, y como no cuestan un duro, todos tan contentos. Vía verde, pues, será la que nos permita recorrer el tramo más inhóspito del Alberche: la garganta de Picadas. Esta angostura, labrada por el río en broncos gneises y esquistos, fue parcialmente anegada por el embalse homónimo en 1952, pero lo que asoma por encima de las cien hectáreas de tersa superficie aún es mucho y sólo para los ojos de quien siga nuestra vía. No hay otro camino. La presa, que para más señas es de gravedad y tiene una altura sobre cimientos de 59 metros y 145 de longitud, constituirá el punto de partida de nuestra andadura.

Antes, empero, habremos tenido ocasión de contemplar el soberbio meandro arenoso que forma el Alberche a su paso por Aldea del Fresno, el cual es, según opiniones expertas, el mejor testimonio de la captura fluvial que apartó a este curso del río Guadarrama (opinión de geólogo) y la mejor playa en 400 kilómetros a la redonda (opinión de dominguero). Y antes, también, habremos podido otear desde la carretera las jirafas, avestruces y demás bestias primordiales que pueblan el parque de El Rincón, que es un poco menos triste que otros zoológicos porque –dicen– los animales se hallan en semilibertad, como si la auténtica libertad tolerase grados.

Nada más rebasar el dique, estacionaremos el vehículo para proseguir a pie por la pista que nace al cabo del asfalto, aprovechando la vieja explanación que había de soportar las vías del ferrocarril. Dada su nula pendiente, pasearemos como duques por la orilla del embalse hasta que, siete kilómetros más adelante, divisemos la carretera de Plasencia y los merenderos aledaños, señal de hemos alcanzado la cola del represamiento y el final del recorrido. Un túnel y cinco puentes –el mayor de los cuales habrá de servirnos para cambiar de margen– jalonan esta caminata que, al discurrir por una de las manchas de bosque mediterráneo mejor conservadas de la región –refugio notabilísimo de varia avifauna–, hará gorjear de emoción tanto a los botánicos 'amateurs' como a los 'pajareros' más radicales. Pero incluso no siendo lo uno ni lo otro, apenas precisaremos un gramo de sensibilidad para reconocer la belleza desnuda de estos cantiles a los que se aferran la encina y el pino piñonero, cuyo adusto semblante espejan las aguas de Picadas.

Una sola cosa inquieta en este edénico panorama: el hedor a ballena muerta que atufa cabe el puente de San Juan. Por el bien de los pescadores que tientan a bogas y barbos, de los bañistas que frecuentan la zona recreativa de La Depuradora y de los piragüistas inseguros, ojalá sea sólo un mal olor y no una salmonella con alas.

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