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RUTA nº 146
60
Para porimavera y verano Desnivel de 100 a 200 metros
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Comunidad Autónoma de Madrid  COMUNIDAD AUTONOMA DE MADRID - ZONA 3
GARGANTA DEL COFIO

SECRETA Y PROFUNDA
Un paseo de la estación de Robledo a la de Santa María de la Alameda, por el río más salvaje de la región

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a la estación de Robledo se va por la carretera de A Coruña (A-6) y la M-505 hasta El Escorial y el puerto de la Cruz Verde, para bajar por la M-512 hacia el pueblo de Robledo de Chavela, tres kilómetros antes del cual está la colonia ferroviaria. Hay diez trenes regionales Madrid-Ávila al día, que se pueden tomar tanto para desplazarse desde la capital hasta Robledo como para regresar desde Santa María de la Alameda al final de la excursión (Renfe, tel.: 902 24 0202)
itinerario abierto que en muchos tramos no es nítido, sólo sendas de pescadores
la familia que atiende el Mesón de la Alameda (junto a la M-505 Madrid-Ávila, antes de cruzar el viaducto sobre el Cofio) no sólo dará de comer y beber al excursionista antes de emprender el último tramo de la caminata, sino que le suministrará curiosas noticias sobre la reciente historia del viaducto, suicidios incluidos
mapa 17-21 (Las Navas del Marqués) del Servicio Geográfico del Ejército, o el 532 del Instituto Geográfico Nacional
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“En aquellos tiempos”, escribía Conrad al agonizar el siglo XIX, “había muchos espacios en blanco en la tierra, y cuando veía uno que parecía particularmente tentador en el mapa (y cuál no lo parece), ponía mi dedo sobre él y decía: ‘Cuando sea mayor iré allí”. En estos tiempos, cuando el que agoniza es el siglo XX, somos ya demasiado mayores para creer en los espacios en blanco. Y es una lástima, porque haberlos, haylos: lo que no hay es ingenuidad antigua para desplegar un mapa –incluso uno de Madrid, si a ello vamos– y escudriñarlo hasta dar con una cuadrícula sin leyendas y, dentro de ella, con una línea azul que, aun no llegando a los extremos de 'El corazón de las tinieblas', discurra por derroteros que nada tienen que ver con los de los hombres. Verbigracia, el río Cofio.

Nace el huraño Cofio en la fuente de los Ciento, cerca del puerto abulense del Descargadero en la sierra de Malagón, y a diez kilómetros al norte de la aldea madrileña de las Herreras; da sus primeros pasos por tierra de nadie, ni de Ávila, ni de Madrid; decántase luego hacia esta segunda región, donde yerra encajonado por las soledades de Santa María, Robledo y Valdemaqueda; torna a vagabundear por la linde largo trecho y, al final, se desangra en el Alberche frente a las populosas playas del embalse de San Juan. Mala muerte para un solitario... Aunque, bien pensado, quizá es de ley que río tan montaraz venga a acabarse en público, como un bandido romántico que, después de haber colmado de anónimas caricias a docenas de nobles amazonas extraviadas, se desenmascara en el cadalso para escupir con agridulce dejo: “Que me quiten lo bailado”. Cursilerías aparte, el Cofio cría truchas y nutrias, índices de la pureza química, casi teórica, del agua; hecho que no se repite, en Madrid, sino en los cursos altos del Lozoya y del Jarama. Pero a diferencia de éstos, el Cofio no figura en los manuales de senderismo, por lo que hollar sus márgenes es una aventura igualmente pura.

Un tramo particularmente salvaje del Cofio es el que media entre las estaciones de Robledo de Chavela y Santa María de la Alameda; son diez kilómetros apenas, pero que supondrán cuatro horas largas de andar para el excursionista que decida remontar el río por la escabrosa orilla izquierda. A tal fin, saldrá de la estación de Robledo por la calle que baja a la urbanización Río Cofio y, una vez llegado junto a la oficina de información, tirará a la derecha por la que lleva hasta los últimos chalés, para seguir por pista de tierra hasta el embalse de Robledo de Chavela. En adelante, no hallará camino trillado: sólo sendas de pescadores que enfilan Cofio arriba por praderas y acantilados de gneis, bosquetes de pinos piñoneros y enebros, carrascales y saucedas, vastos meandros y playas mínimas, sobre las que la bota montañera deja una huella inaudita, como del hombre en la Luna.

A un kilómetro de Santa María, la carretera Madrid-Ávila salva la garganta del Cofio por un viaducto de 50 metros de altura que está llamado a suceder al de la madrileña calle de Segovia, pues goza de un creciente prestigio entre los suicidas –el último, días antes de escribir esto, apareció de cuello para arriba en una orilla y el resto en la contraria–. El excursionista, a poco que filosofe, verá que la jornada de estos desdichados es inversa a la del Cofio: alejarse de la multitud y correr por cauces de asfalto cada vez menos concurridos hasta desembocar en este despeñadero solitario donde les aguarda la anhelada muerte, esa mar donde todos los ríos “allegados son iguales”.

Al excursionista, después de filosofar, se le presentarán dos opciones: cruzar el río por el viaducto y seguir por carretera hasta el Pimpollar y el apeadero de Santa María, o –más directamente– continuar aguas arriba hasta la confluencia del Cofio con el Aceña y vadear descalzo este último para atajar a repecho por la pina barriada de la estación. En cualquier caso, el tren, con sus artimañas de zapador, le devolverá en tres minutos a Robledo de Chavela.

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