Del
río Perales podría decirse lo mismo que Cela sentenció
sobre La Alcarria, que es un hermoso lugar al que a la gente no le da la
gana ir. O mejor todavía: del río Perales cabría afirmar
lo mismo que Cortázar observaba acerca de esos golfos del estrecho
de Magallanes en los que no entra nadie, nunca, que basta con imaginar
su soledad para, sin tener ningún otro motivo, echarse a llorar.
Al Alberche, en cambio, sí que van miles
de bañistas en cuanto el tiempo lo permite, sobre todo al curvo
playazo que forma en Aldea del Fresno, no pudiendo descartarse que alguno
de ellos lo haya remontado durante cinco o diez minutos: lo suficiente
para metabolizar la sangría y darse cuenta de que aquél
ya no es el Alberche de sus amores, sino otro río más chico
que afluye por su izquierda; pero como de todos es sabida la pánica
desconfianza que atenaza a esta clase de gente cuando se enfrenta a lo
que no tiene nombre, aparcamiento en batería y barbacoas, lo más
probable es que ese fallido Robinsón haya vuelto sobre sus pasos
en la arena sin saber que estuvo un instante en el paraíso, llámese
río Perales.
El Perales nace del ayuntamiento de varios arroyos que
tienen su fuentes en las tetas graníticas de la Machotas, entre
El Escorial y Zarzalejo; baja corriendo por las rampas de Valdemorillo
y Navalagamella; mata una esquinita de Quijorna; da nombre al despoblado
de Perales de Milla y apellido a Villanueva de Perales; culebrea por la
linde entre Colmenar del Arroyo y Villamantilla, entre Chapinería
y Aldea del Fresno, y nada más pasar bajo el campanario dieciochesco
de esta última población, se casa con el Alberche.
En total, 35 kilómetros de curso indómito,
intacto, incógnito. Decir que nadie conoce el río Perales
acaso sea exagerar. El río Perales lo conocen los cuatro peritos
que en su día catalogaron como zona de especial protección
para las aves (Zepa) los encinares del Alberche y Cofio, hábitat
de la exigua águila imperial entre otras raras rapaces,
cuyo límite oriental lo marca el río Perales. Lo conocen
también los cuatro señores barrigudos que, asistidos por
un lacayo-cargador y un guarda, acechan desde las altas fincas ribereñas
salvo el cauce, que e s
público, el resto es un inmenso coto de caza con una mira
apta para fusilar a un jabalí a 300 metros de distancia, garantizando
así el necesario equilibrio ecológico entre las especies
'Homo tripudo' y 'Sus scofra'. Y para de contar.
Uno de los parajes más inauditos del solitario
Perales es el de las cárcavas que jalonan los cuatro últimos
kilómetros de su curso, junto a Aldea del Fresno, donde el río
cambia su cauce de duro granito serrano por los endebles taludes térreos
que ya presagian la llanura. El lugar, por lo demás, está
al alcance de cualquiera, pues sólo hay que salir de Aldea del
Fresno en dirección a Chapinería y, sin cruzar el puente
sobre el Perales, bajar por un parquecillo que cae a mano derecha, atravesar
el lecho arenoso del arroyo Grande y comenzar a remontar nuestro río
por la margen izquierda, para luego ir cambiando de orilla guiados por
el sentido común.
De las ocho cárcavas que veremos a lo largo de
este fácil paseo, destacan las últimas, en que la erosión
ha labrado, sobre los paredones descarnados, contrafuertes y aspilleras
como de castillo en ruinas. En ellas reconoceremos los pináculos
rematados por una caperuza en forma de glande que los amigos de la geología,
decorosamente, nombran chimeneas de las hadas, quizá para contrarrestar
el pensamiento inicial de todo observador y el mal efecto que haría
llamarles falos de titanes o cosas peores. Añádanse estas
otras felicidades: los plácidos meandros del río, la profusa
vegetación de ribera fresnos, álamos, sauces y tarayes;
juncos, carrizos y espadañas y los verdes ribazos, y se tendrá
una panorámica completa de ese paraíso madrileño
en el que no entra nadie, nunca. Ahora sólo falta que a los amantes
de la naturaleza les de la gana ir. |