De todos los ocios posibles al aire libre,
ninguno que exija tanta soledad y una tan íntima comunión
casi sacramental con la naturaleza como el del pescador de
truchas. Y ninguno tan enigmático, al menos para nosotros. Madrugar
como un tahonero y estarse todo el día más solo que la una,
metido en un remoto curso de alta montaña, que es un puro rabión,
con la gélida agua hasta la horcajadura, rubricando lanzamientos
de manual, efímeros como los cabrilleos del río al primo
sol, y después de todo sacar un par de pececillos que a lo peor
no miden ni los 19 centímetros reglamentarios, y aún así
sentirse dichoso, nos parece algo admirable, muy zen.
Aparte de una sana envidia, lo único que nos une
con estos seres herméticos y angelicales son las sendas que han
abierto, a fuerza de hollar sus
márgenes, en las gargantas más selváticas, cual es
la del alto Jarama entre los términos de La Hiruela (Madrid) y
Colmenar de la Sierra (Guadalajara). Se trata, desde el punto de vista
piscatorio, de un tramo libre, sin muerte y de aguas tan cristalinas que
son difíciles de pescar, pues la trucha atisba al señor
de la caña. Y desde el punto de vista excursionista, es una preciosa
travesía de cuatro horas entre ambos pueblos y que exige contar
con un vehículo de apoyo al final, salvo que se acorte como luego
se dirá.
La travesía comienza en La Hiruela, siguiendo
la senda que es prolongación de la calle principal de Enmedio,
se llama y que baja al molino recién restaurado junto al
Jarama. Aquí se cruza a la orilla izquierda por un puente de madera
y, poco más abajo, franqueando una portilla hecha con cuatro tablas,
se toma un viejo camino de herradura que corre a cierta altura 50
o 60 metros sobre el río. A los 300 metros, tal camino se
bifurca y, por el ramal de la derecha, se llega, como a una hora del inicio,
hasta donde desemboca en el Jarama el río Berbellido, el cual,
a falta de un puentecico ha mucho derruido, es preciso vadear para continuar
el recorrido.
A este lugar podemos acceder también en coche
por una carreterilla (M-137) que baja de La Hiruela y cruza la corriente
reunida de ambos ríos por un moderno puente: de hacerlo así,
evitaremos el vado y acortaremos la travesía, pudiendo optar incluso
por un sencillo paseo de ida y vuelta a partir de aquí. Sea como
fuere, desde este puente seguiremos la senda de pescadores que recorre
el tramo más bello del río, siempre aguas abajo por la margen
izquierda, enhebrando saucedas y bosquetes de abedules y alamillos que
acentúan con su temblor el romanticismo de estas soledades.
¿Soledades? Corregimos: en todo momento nos acompañarán
los caballitos del diablo, con sus vistosos colores metalizados, y otros
insectos apetecidos por las truchas comunes, que tampoco serán
difíciles de ver; los martines pescadores y los mirlos acuáticos;
las nutrias, índices de la pureza casi química de estas
linfas; así como los corzos, jabalíes, garduñas y
tejones que bajan a beber de ellas.
A una hora del puente o dos desde La Hiruela,
pasaremos frente a la desembocadura del arroyo de las Huelgas, donde el
Jarama dobla en ángulo recto a la izquierda apartándose
de la raya madrileña para adentrase en tierras de Guadalajara.
Y, tras salvar dos estribos rocosos que impiden la progresión por
la misma orilla, bordearemos un añoso plantel de abetos de Douglas
cuyas acículas desprenden al tacto un olor como a mandarina,
árbol exótico con el que se repobló parte de estos
montes hace más de medio siglo.
El puente que se presenta a continuación, a dos
horas del anterior, es buen lugar para almorzar hay incluso una
mesa de piedra a la sombra de un anciano roble y plantearse el regreso
por la misma senda o si optamos por la travesía completa
continuar aguas abajo hasta el viejo molino de Colmenar de la Sierra.
Desde las ruinas de esta aceña, subiremos al pueblo por camino
evidente, dejando a nuestras espaldas las profundidades salvajes del río
truchero. |