RUTA nº 122 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 2 Distancia desde Madrid: 82 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  CABEZA ANTÓN
PRESA DE LA SOLEDAD
Esta cima de 1.396 metros domina la recóndita aldea de El Atazar y el mayor embalse de la región.

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el pueblo de El Atazar tiene su mejor acceso por la carretera de Burgos (NI), desviándose por la N-320 hasta Torrelaguna, para desde aquí seguir por la M-102 hasta Patones de Abajo. Cuatro kilómetros más adelante se halla señalizada la carretera hacia la presa y el pueblo de El Atazar
debe llevarse agua en abundancia y protección solar adecuada
sólo recomendable en los días más fríos del año, pues discurre casi por entero entre jarales expuestos al sol
hoja 20-19 (Valdepeñas de la Sierra) del Servicio Geográfico del Ejército o la 485 del Instituto Geográfico Nacional: mapa excursionista 'Sierra Norte' de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel. 91-534 3257)
la empresa Inatur (teléfono 91 539 8717) gestiona el alquiler de los llamados Balcones de El Atazar, alojamientos rurales con interiores de pizarra, vigas de madera a la vista, chimenea, patio, terraza...
desnivel de unos 600 metros (acumulado)

Hay paisajes, como el desierto y el mar, que por su simplicidad remiten a las edades primigenias del planeta. El Atazar tiene algo de eso, de desierto y de mar, de la Tierra silúrica, de cuando la luz de la razón era aún un oscuro albur en la lotería de la evolución. Por un lado está la presa de El Atazar, la mayor reserva de agua dulce de la región, mayor que los otros 13 embalses madrileños juntos, todo un mar. Por otro, un desierto de pizarra y jara pringosa hasta donde alcanza la vista. Si uno no siente un repelús en el pestorejo, un irse, un vértigo, al asomarse a este paisaje elemental desde Cabeza Antón, es que no le ha tocado ni un fotón en dicha lotería.

Ese vértigo aflora ya al cruzar el muro de la presa, una ola gris de 484 metros de largo por 134 de alto, curvada de tal forma que su paramento de aguas abajo vuela sobre el abismo sinuoso del Lozoya. Es el mismo río que, aquende el muro, forma un manso piélago de 1.070 hectáreas, 72 kilómetros de costas, medio billón de litros...; cifras impresionantes, pero que en años de sequía menguan drásticamente, mostrando entonces el embalse los descarnados taludes, los islotes y los bajíos en que podemos encallar los madrileños si no llueve pronto a capazos. La obra comenzóse en 1967 y la inauguró quien ya se imaginan el 10 de abril de 1972.

Y ese vértigo se agudiza al ver, ya en la otra orilla, la extrema soledad del pueblo de El Atazar, sito al final de una carreterilla sin salida, en lo alto de un loma pelada, sin un árbol en dos kilómetros a la redonda, ni siquiera un ciprés proyectando su parca sombra sobre el camposanto. En 1864, Casiano del Prado no dudó en señalar esta tierra de barrancos como la más pobre de la región, donde apenas podía cosecharse centeno, y éste tan sólo rendía 3 por 1. Abandonados los cultivos, reducidos a leña robles y encinas..., las jaras invadieron estas soledades que la presa no hizo sino confirmar poniendo casi un océano entre ellas y el resto del mundo.

Justo al norte de este pueblo donde aún subsisten 90 almas, se alza el mejor mirador de tanta soledad: Cabeza Antón. El camino que nos ha de llevar hasta él arranca a espaldas de la iglesia parroquial: pulcra fábrica de lajas de pizarra parda –como buena parte de la aldea–, de época barroca, con airosa espadaña y crucifijo gótico esmaltado en su interior, todo ello bajo la exótica advocación de Santa Catalina de Alejandría. Y es una ancha pista de tierra que desciende trazando un par de largos zigzags, por el frontón y por el cementerio, hasta el fondo del barranco del arroyo de la Pasada.

Nada más cruzar el regato, la pista ofrece un desvío a la derecha que no se ha de tomar, rebasa luego un colmenar y, como a media hora del inicio, comienza a culebrear por un solitario robledillo. En otra media hora, al cabo del bosquete, surge a la diestra un ramal que trepa al picudo Torrejón (1.292 metros). Pero nosotros seguiremos subiendo por la pista principal y, después de pasar junto a varias majadas en ruinas, alcanzaremos un rellano –a cinco kilómetros justos del pueblo, o una hora y media de paseo– en el que deberemos desviarnos a la izquierda por la cresta de la alargada loma en cuyo extremo se atisba la estructura cilíndrica del vértice geodésico de Cabeza Antón. Para más señas, en dicho rellano veremos una barrera metálica y, tras ella, la pista que lleva hasta la cumbre.

Plantones de encinas y robles de una reciente y acertada repoblación; afilados crestones de pizarra; enormes mojones de aire prehistórico; y la linde de un pinar de no tan reciente ni acertada repoblación, nos conducirán en tres cuartos de hora hasta este vértice situado a 500 metros sobre el dulce mar de El Atazar y 1.396 sobre el salado. Estas son las vistas: a poniente, el valle del Lozoya, desde la sierra de la Cabrera hasta Peñalara; al norte, el valle del Riato y la peña de la Cabra; y al sur, allende el pueblo y la magna presa, la serrezuela del antiguo reino de Patones y la llanuras de Madrid y Guadalajara. Olor a jara. Silencio sepulcral. Desierto y mar.

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