RUTA nº 117 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 2 Distancia desde Madrid: 87 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  ALTO JARAMA
¿NATURAL O EN CONSERVA?
Un paseo río abajo, del hayedo de Montejo a La Hiruela, huyendo de la multitud que visita el primero

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Montejo de la Sierra tiene acceso por la carretera de Burgos (N-I), con desvío hacia Gandullas (M-127) en Buitrago de Lozoya. Pasado Montejo, a unos ocho kilómetros, junto a la carretera que enlaza esta localidad con la de El Cardoso (M-139), se encuentra el hayedo, punto de partida de esta marcha
El Centro de Recursos de Montaña, sito en Montejo de la Sierra (calle Real, 1; tel.: 91-869 7058), gestiona las reservas para visitar el hayedo, que es la alternativa enlatada al paseo propuesto
hoja 20-18 (Tamajón) del Servicio Geográfico del Ejército, o la 459 del Instituto Geográfico Nacional; mapa 'Sierra Norte', editado por la Tienda Verde

El pardillo es un ave paseriforme de la familia de los fringílidos de unos 15 centímetros de longitud, plumaje pardo en el dorso y rojo en el pecho, granívora y canora. El pardillo es también un niñato de la ciudad que llega a un restaurante montano con ínfulas de 'gourmet' y, mientras se zampa como lo que es unas alubias de bote, lisonjea a la cocinera vociferando con la boca llena: “¡Abuela, esta fabada está de muerte!” A mediados de otoño, el pardillo es el pájaro que más abunda en el hayedo de Montejo. Atraído al parecer por su cromatismo (palabra que no significa lo que él imagina), arriba en grandes bandadas de todoterrenos, se pasea media hora por el bosque de la manita de los guías allí instalados y, cuando regresa a su nido de hormigón, pía ufano: “Yo conozco el auténtico hayedo de Montejo, el más meridional de Europa y tal vez del universo”.

El pardillo, empero, no tiene la culpa de serlo. Al pardillo nadie le ha explicado que las hayas de Montejo no son las más meridionales de Europa, salvo que a las de Beceite (sur de Tarragona) y Sicilia las consideremos africanas. Al pardillo lo han engañado haciéndole creer que un paseo guiado –previa reserva telefónica– por una parcela vallada es una forma lógica de acercarse a la naturaleza. Al pardillo, en fin, le han vendido la burra de que este hayedo es el único enclave digno de admiración y protección en diez leguas a la redonda, tanto que las autoridades locales y regionales no pegan ojo por la noche pensando en los pobres hayucos, tan solitos en el monte, sin un chaparrón que los haga germinar, snif...

Si a las autoridades les quitara el sueño el hayedo de Montejo, hace años que habrían cortado la carretera de acceso al bosque, reservándola exclusivamente para uso vecinal y servicios forestales –por cierto, que lo mismo debería hacerse urgentemente en zonas masificadas como la Pedriza o las Dehesas de Cercedilla–, pues no hay medida más ecológica que obligar a un madrileño a caminar diez kilómetros. Pero, como puede comprobarse en las hemerotecas, el único asunto que les ha desvelado en los últimos años ha sido dilucidar a quién le compete gestionar su explotación turística. Al excursionista de pro, el verbo gestionar le huele como a fabada de lata, eso por no hablar del sustantivo explotación y del adjetivo turística, de modo que, dando la espalda al hayedo y a la grey que hace cola a su puerta –puertas al campo, ¡quién lo dijera!–, se echa a andar Jarama abajo siguiendo la solitaria senda de los pescadores, de los molineros y de todos los robinsones que en el mundo han sido.

Es el joven Jarama un río brioso y truchero al que acompañan, en su discurrir, por entre pinas laderas de gneis, melojos, álamos y sauces; brezos, escaramujos y majuelos. No tienen éstos, ni mucho menos, el porte y la color de las hayas, pero el otoño también pinta estas riberas del oro viejo de los robles y del amarillo vibrante de las alamedas, tan altas como las hayas, hermosas donde las haya.

Por aquí anduvo don Casiano del Prado, coetáneo de Livingstone, cuando vino a descubrir las fuentes del Jarama, y de su temprana exploración del río ('Descripción física y geológica de la provincia de Madrid', 1864), nos queda la certeza de que no había en esta garganta del macizo de Ayllón otra cosa que un par de molinos. Un siglo y cuarto más tarde, el Jarama sigue siendo el límite escurridizo entre las tierras de Madrid y Guadalajara, tierras de nadie, o casi nadie, pues el pueblo más cercano queda a varias montañas de distancia, sin camino bueno y sin esperanza de hallarlo.

Con el pico del Lobo (2.262 metros) aullándole en el cogote, el excursionista baja más solo que la una por la vera del Jarama –en principio por la margen derecha y luego cambiando de orilla en los tres primeros puentes que le salen al paso– hasta llegar, tras dos horas de paseata, al viejo molino de La Hiruela, que ha sido restaurado en fecha reciente, pero permanece cerrado a cal y canto porque las autoridades no se fían mucho de la gente que anda por el campo. Todo un signo de los tiempos, como los hayedos para turistas y la auténtica fabada... de bote.

Andrés Burgos Moya (sendasconmascotas@yahoo.es) con fecha 13.12.2007 nos dice lo siguiente:
"Este correo es para dar unas aclaraciones sobre la ruta 117 Alto Jarama (Montejo de la Sierra) que hemos realizado hace poco. Al bajar al rio por el margen derecho han colocado una serie de estacas de madera para indicar otra ruta, lo cual da lugar a confusión. Dicha ruta continua por el margen derecho y luego mas adelante sube montaña arriba. No hay que alejarse del margen del rio mas de 15 metros y recorridos los primeros 400 metros de la ruta, por la izquierda entre la vegetación veremos el primer puente de cemento que nos permitir pasar a la orilla izquierda". Os lo contamos tal como nos lo cuentan para general conocimiento.

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