| El
futuro nunca es tan brillante como lo pintan y raro es el avance técnico
que no supone un retraso mental (véase la tele o el teléfono
móvil), pero hay que reconocer que es más cómodo
sacar el hielo del congelador que tener que ir por él a las cumbres
próximas al puerto de la Morcuera, de noche y con lobos, tal como
se hacía en los siglos XVII y XVIII. Sangre helada había
que tener.
Todos los días, desde mayo hasta finales de agosto,
los 'neveros' que así se llamaban los duros serranos empleados
en este menester subían al caer la tarde con sus recuas de
mulos a los ventisqueros del Ratón y del Algodón que
así se denominaban los dos mayores montones de nieve que el invierno
dejaba en este extremo oriental de Cuerda Larga y, tras hacer acopio
del gélido elemento en serones de esparto y cubrirlo bien de paja
para minimizar la fusión, se plantaban antes de salir el sol en
Chozas de la Sierra, hoy Soto del Real, donde Pablo Xarquíes les
pagaba 11 reales por carga y se ocupaba de enviar lo reunido a toda prisa
a Madrid.
Tampoco el pasado es tan oscuro como lo pintan: en tiempos
de Felipe III, además de buscones, clerizánganos e hidalgos
que no pegaban ni chapa, había emprendedores como Xarquíes,
que se hizo en 1608 con el suministro de hielo en la Corte y con una gran
fortuna. Cinco pozos construyó para almacenar la nieve serrana
en la Calle Alta de Fuencarral y, con el tiempo, el negocio dio hasta
para abrir un camino de carros a la Morcuera. Sus herederos y muchos otros
se beneficiaron de ello durante casi dos siglos: hasta que, a finales
del XVIII, al inaugurarse la carretera del puerto de Navacerrada, donde
la nieve era más abundante, se acabó lo que se daba.
Aunque muy deteriorado por el desuso, las repoblaciones
y las pistas forestales, el camino de la Nieve aún puede seguirse
desde el puerto de la Morcuera hasta Soto del Real. Ello exige, empero,
cierta intuición, un buen mapa y contar con un coche de apoyo al
final del camino, en Soto, porque intentar hacerlo de ida y vuelta en
una sola jornada es una machada propia de 'neveros', no de gente acostumbrada
a abrir la nevera cada vez que quiere refrescarse.
El camino nace en la explanada que hay justo antes de
coronar el puerto de la Morcuera por la carretera de Miraflores a Rascafría,
tras una barrera levadiza, y baja nítido como un cortafuegos por
el pinar de la vertiente sur, si bien se reduce enseguida a un sendero
que acaba por extinguirse al desembocar en una pista forestal, a una hora
escasa de andar por él.
Avanzando por dicha pista hacia la derecha, e ignorando
al poco un ramal que sube, descenderemos entre corpulentos robles hasta
llegar a una serie de rápidas revueltas. Tras la quinta, el firme
mejora visiblemente la tierra se mezcla con guijo, invitándonos
a seguir de frente sin dar más vueltas.
Esta pista de piso mejorado rebasa pronto una barrera
similar a la del inicio y, acto seguido, se cruza con un amplio corredor
herboso señalizado como vía pecuaria (dos horas desde el
puerto). Es el cordel de la Morcuera, un anciana 'autopista' de merinas
por la que tiraremos a la diestra para bajar en media hora más
hasta la ermita de San Blas, la cual se alza sobre una peña que
domina visualmente desde la Morcuera hasta la Pedriza, pasando por la
Najarra y la loma de Bailanderos, donde se formaban los ventisqueros de
marras.
Desde la ermita, continuaremos bajando con derechura
hacia el sur la mole cónica del cerro de San Pedro, en lontananza,
nos guiará en caso de duda, entre granjas y picaderos, hasta
llegar a una encrucijada pelín confusa (tres horas).
Hay que ignorar la vía asfaltada de la derecha
y la ancha de tierra que vira a la izquierda, para seguir, casi de frente,
por una calleja entre cercas de piedra, sin pérdida ya hasta Soto
del Real. Si alguien piensa que esta ruta es difícil, imagínese
cómo sería de noche, con un carro cargado hasta los topes
y los lobos aullando en el cogote. Sangre de nevero había que tener. |