| Hay
un momento muy triste de la 'Divina Comedia' en que Virgilio le dice a
Dante su discípulo, su admirador y, salvando los siglos,
su amigo que no podrá acompañarlo más allá
del Purgatorio. Su ignorancia invencible, como la de todos los hombres
anteriores a la revelación, es su condena. De modo análogo,
los muchos madrileños que todos los fines de semana suben por el
arroyo del Aguilón desde El Paular, al topar el risco en que se
despeña formando las cascadas del Purgatorio, se miran unos a otros
como diciendo: Hasta aquí hemos llegado y se mezclan
en pozas que tienen esa tristeza de piscina municipal, de remolino de
almas dantesco, de atolondrado limbo.
El risco en sí no es un obstáculo insalvable;
de hecho, hay una trocha de cabras que lo supera. Pero ¿quién
es el 'machaca' que se escala esos cien metros de roca candente después
de dos horas de sudorosa paseata? Y, es más, ¿qué
sentido tiene realizar tal esfuerzo añadido si no se sabe qué
demonios hay allende? Respuesta a lo segundo: aguas arriba hay pozas más
solitarias que la cima del Paraíso de la 'Comedia'. Solución
a lo primero: existe un atajo para acceder al Purgatorio por arriba, buscando
las primeras aguas del Aguilón desde el puerto de la Morcuera,
ahorrándose una hora de camino y disfrutando de paso del tramo
más edénico del arroyo.
Dicho atajo nace en el kilómetro 20 de la carretera
que une Miraflores y Rascafría, a dos y pico del puerto de la Morcuera.
Allí hallamos, tras una barrera levadiza, una pista-cortafuegos
que muy pronto se bifurca. Dejando el ramal de la derecha para la vuelta,
seguimos el de la izquierda, que primero avanza llano entre pinares de
repoblación al fondo, vemos erguirse la oronda mole de Cabeza
de Hierro Mayor y luego se precipita con fuerte pendiente hasta
el arroyo de la Najarra, el cual se junta con el Aguilón nada más
pasar una pradera en que se alza una caseta de madera y tejado verde usada
como aula de la naturaleza (30 minutos desde el inicio). A partir aquí,
nos dejamos guiar por un senderillo que más parece abierto por
pezuña de vaca que por planta humana, y que baja sin estorbo por
la izquierda del arroyo, si bien cambia de orilla a los cinco minutos,
al poco de adentrarse en un pinar.
Este paseo ribereño sombreado por pinos, serbales,
sauces y avellanos es uno de los mayores placeres que ofrece nuestra sierra
en verano, máxime estando jalonado por pozas cristalinas y por
una chorrera donde el Aguilón ha excavado y pulido la roca en forma
de tobogán. Rebasada la chorrera, la senda ataja por lo alto de
un meandro pelado y efectúa un nuevo cruce para seguir por la cada
vez más escarpada margen izquierda hasta llegar, cumplida una hora,
a la pétrea angostura que precede a las cascadas del Purgatorio,
en la que el camino se cuela por el mismísimo fondo, mudando por
última vez de orilla.
Si el tramo anterior era bello, éste lo es doblemente,
por más salvaje y solitario. Días pasados, sólo vimos
pasar a tres parejitas atónitas, con cara de no saber en qué
poza quedarse. Aprovechando, pues, la última oportunidad de refrescarnos,
trepamos al risco en voladizo desde el que se dominan a vista de pájaro
las cascadas la mayor, de 15 metros, escalonadas como las
terrazas del Purgatorio dantesco. Apurando la comparación, la fosa
tectónica del valle del Lozoya sería la montaña invertida
del Infierno con perdón de los monjes de El Paular, cuya
cartuja divisamos al fondo y los buitres, elevándose en extáticos
planeos circulares, los ángeles que sobrevuelan las esferas concéntricas
del Paraíso.
El regreso (otra hora) lo hacemos dando la espalda al
abismo, por la máxima pendiente, sin camino definido, hasta alcanzar
el pinar. Luego subimos por un fatigoso cortafuegos, que nos recuerda
que no hay atajo sin trabajo y, al rato, doblamos a la derecha por otro
que nos lleva sin pérdida hasta el coche, pues es el que rechazamos
al inicio de esta gira por el alto, y más hermoso, Aguilón. |