Mucha
gente cree que las autopistas, los coches de tropecientos caballos y la
velocidad en general son síntomas de bienestar, pero la experiencia
nos dice lo contrario: quienes más corren son los que, por fas
o por nefas, gozan de menos tiempo libre. Unamuno lo tenía claro:
Yo, por mi parte, no corro cuando puedo ir al paso, a pie, y enterándome
del camino. ¿Que recorro poco espacio? ¿Y qué? Todo
pedazo de espacio es infinito dentro de sí. Y lo mismo digo del
tiempo ('Andanzas y visiones españolas'). O dicho de otro
modo: Caminar hace del mundo el lugar inmenso y agradable que era
antiguamente (Lawrence Millman, 'En los confines del mundo').
Para conocer el lugar inmenso y agradable que era antiguamente
el valle del Lozoya, hay que salirse de la carretera. Pero no como hicieron
Rociíto y compañía, volcando en una curva de la M-607,
sino andando a paso quedo por ésos caminos estrechos, tortuosos
y amarillos que cantó Azorín ('En la montaña');
ésos que llevan en España en la España
castiza la denominación de caminos viejos y que son
un complemento de las viejas y nobles ciudades, de los viejos caserones,
de las catedrales, de las colegiatas, de las alamedas umbrías y
seculares, de los huertos cercados y abandonados. Verbigracia: el
camino viejo de Lozoya a Navarredonda.
En busca de tal camino, partiremos de la Plaza Mayor
de Lozoya, que es la del Ayuntamiento: un edificio de 1698 con hermosa
fachada de estilo barroco castellano. Poco más arriba de esta plaza,
queda la fuente de los Cuatro Caños (1791), y más arriba
aún, la iglesia parroquial del siglo XVI. Pero nosotros vamos a
salir hacia abajo, por la calle del Salvador, bordeando la alta tapia
de una finca, con gran portada y escudo, que fue de los primeros señores
de Lozoya, los Suárez de la Concha. Unos señores que, según
las crónicas, eran para echarles de comer aparte. A don Sebastián,
señor de la villa desde 1620, lo denunciaron sus vasallos por falta
de seso e hidalguía, pero ganó el juicio; a su sucesor,
su hijo Antonio, un prebendado del Santo Oficio que había adquirido
en los campos de batalla de Milán maneras de ordeno y mando, lo
mataron de un arcabuzazo para ahorrarse pleitos. El lugar fue palacio
de los susodichos, luego convento y ahora es casa particular.
Tomando enseguida a la izquierda por la calle de La Luna
y doblando un par de esquinas más, siempre hacia abajo, llegaremos
a la calle del Toril y poco después a la de las Eras Chicas, cuya
prolongación es una excelente pista de tierra y gravilla. Se trata
del camino viejo a Navarredonda, el cual se aleja de Lozoya enfilando
hacia el noreste por entre prados salpicados de fresnos y robles melojos;
orlados de avellanos, zarzas, escaramujos y majuelos; floridos de peonías,
satiriones, milenramas y hierbas de Santiago.
El camino viejo nos va a llevar en suave ascenso, sin
extravío posible, hasta el collado existente entre el Reajo (2.100
metros) y el cerrete de la Cruz (1.514), detrás del cual se esconde
Navarredonda. Tal portacho que alcanzaremos tras hora y media de
paseo y las praderas que lo preceden son estupendos miradores con
vistas al embalse de Pinilla, en cuyo espejo se prueban nieves y piornos
las más altas señoras de la región: Cabezas de Hierro
y Peñalara.
Rebasado el collado, el camino
desciende raudo, en sólo dos kilómetros, hasta Navarredonda.
Suyos son un templo con ábside románico y una maciza casa
consistorial blasonada, en cuya planta baja hay un bar y una terracita
que es un buen lugar para descansar antes del regreso y reflexionar en
lo que decía Unamuno, que sus horas de paseos y meditaciones daban
para mucho porque eran cuadradas y a veces cúbicas: Así
mi hora cuadrada tiene 3.600 minutos cuadrados y mi hora cúbica
216.000 minutos cúbicos. Así son las horas del caminante
largas, anchas y profundas, y así era el tiempo en
el valle del Lozoya antes de que se inventasen las carreteras y las prisas. |