Paseando por los pueblos de la sierra,
la gente de la ciudad a veces va y se tropieza con un potro de herrar cuatro
pilares cuadrangulares de granito unidos por travesaños de madera,
pero como no sabe qué cosa es y le da apuro preguntar la gente
de la ciudad ya no pregunta ni cuando oye un tiroteo en casa del vecino,
se marcha con el 'chi lo sa' de si será un tendedero a lo bestia,
unas barras paralelas donde se ejercitan los aborígenes o "vete
tú a saber, Luis Javier, seguro que nada bueno" un aparato
de tortura.
En la plaza de San Pedro de Garganta
de los Montes hay un potro de herrar monumental ¡El Escorial
de los potros!, con tejado y todo, para protegerlo de los meteoros.
Y hay ancianos que le explican amorosamente al forastero cómo antaño
se encerraba al buey o a la vaca entre los cuatro
postes de piedra berroqueña y, tras ceñirle la panza con
unas cinchas de cuero que se izaban haciendo girar los travesaños
cilíndricos de los flancos, quedaba la bestia suspensa en el aire
e inerme cual jilguero, momento en el que se procedía a marcarla,
a curarle las heridas o a clavarle en las pezuñas unas chapas a
guisa de herraduras llamadas callos... De modo que el potro era y
así ya no hay necesidad de preguntar, huy qué alivio
clínica veterinaria, elevador mecánico y herradero. El potro
de Garganta de los Montes es el monumento que mejor resume la tradición
ganadera de este pueblo de poco más de 300 habitantes, medio escondido
en un vallejo lateral del Lozoya.
Pero hay más. Está la flamante ermita de
la patrona, la Virgen de los Prados, a la vera del arroyo de Sardalinde.
Y están (pero éstos son monumentos naturales) los muchos
montes que, además de nombre, le dan aguas, pastos y paisaje: Peña
Gorda y Cabeza Herreros, a poniente; El Cuadrón, a naciente; y
al mediodía, Peña Negra, que a diferencia de los otros,
pelados como un sorche, es habitación de pino albar y resinero,
y un excelente miradero, como enseguida se verá.
Para subir a Peña Negra, partiremos de la plaza
de Nuestra Señora de los Prados donde se alza la iglesia
de San Pedro, del siglo XV, con bonita portada trilobulada, remontando
la empinada calle Mayor y luego la de las Cruces hasta alcanzar el final
de la cuesta. Aquí nace, con rumbo sur, una pista de tierra horizontal
la vía pecuaria de las Serias, habilitada como circuito
de gimnasia, que nos llevará bordeando prados y robledillos hasta
el embalse de las Lindes, muy cerca de la ermita de la patrona. Viraremos
entonces a la izquierda un letrero indica: Mondalindo, rebasaremos
al poco una barrera levadiza y, en la siguiente bifurcación señalizada,
a una hora escasa del pueblo, doblaremos a manderecha.
En una hora más, ascendiendo en zigzag por el
hermoso pinar, confluiremos con otra pista junto al manantial de Riofrío,
un ameno fresquedal tapizado de blanda hierba, que es lugar de lo más
conforme para el reposo. Tras breve descanso en este hontanar, seguiremos
subiendo por la pista principal y, despreciando dos desvíos a la
derecha, acabaremos saliendo a la cresta desnuda, por encima del pinar,
para continuar por todo lo alto hasta la cima del Regajo (1.744 metros),
primero, y de Peña Negra (1.838 metros), después, que queda
justo al final de la pista y a tres horas del inicio.
Quizá convenga aclarar que Peña Negra es
también conocida como Mondalindo Oriental el vértice
de Mondalindo, propiamente dicho, cae a un kilómetro al noroeste,
Regajo así figura, suplantando al otro Regajo, en el mapa
excursionista de La Tienda Verde y Riofrío según
la cartografía del Instituto Geográfico Nacional.
Llámese como se llame, esta cumbre que, para más señas,
está erizada de antenas de comunicaciones abarca un impresionante
panorama de la llanura madrileña, del afilado serrijón de
la Cabrera y de todo curso del Lozoya, desde el embalse de El Atazar hasta
Peñalara. Muchas más vistas tiene esta peña que nombres. |