La
de San Cristóbal o Altomira es una sierra suavecita que se eleva
a poco más de mil metros de altura junto al pueblo alcarreño
de Sacedón. San Cristóbal, que antes que patrón de
los conductores fue porteador, lo hubiese agradecido. Rodeada por los
embalses de Entrepeñas (que queda al norte), Bolarque (a poniente)
y Buendía (al sur y a naciente), la de San Cristóbal, más
que una sierra, es una isla.
Las aguas del Tajo y de su afluente el Guadiela, represadas
y niveladas mediante un canal, forman a su alrededor una gigantesca mancha
azul que, de norte a sur, mide la friolera de 45 kilómetros. ¿Se
imaginan una presa que anegara desde la Puerta del Sol hasta El Escorial?
Pues eso. Es el llamado 'Mar de Castilla'. Y a fe que lo es, si juzgamos
por la cantidad de barcas y veleros. San Cristóbal –no nos
pregunten por qué– es también patrón de los
balseros.
La primera cima de esta sierra es la que corona el monumento
del Sagrado Corazón, y a ella se llega en coche por una pista de
tierra –con un trechito final de hormigón– que nace
en el kilómetro 222,400 de la N-320, a las puertas de Sacedón.
El monumento en cuestión ronda los 25 metros de altura –incluida
la peana– y es un Cristo defectuoso, piernicorto y cabezón,
al que un rayo, para más inri, le ha acertado de lleno en la cara.
(San Cristóbal, patrón de los artilleros, no lo hubiese
hecho mejor). Para compensar, el panorama es divino: se ve Sacedón
en plano picado, todo el embalse de Entrepeñas y, en dirección
contraria, un filo del de Buendía, acúatica frontera entre
la Alcarria de Guadalajara y la de Cuenca.
Para recorrer la sierra de San Cristóbal, patrón
de los que andan con bultos a cuestas –en nuestro caso, la mochila–,
vamos a deshacer el tramo de hormigón y seguir la prolongación
de la pista de tierra hacia el sur, caminando por lo alto de la sierra
entre olivos y carrascas, entre romerales y tomillares de los que liban
las inquilinas de varios colmenares, nada más pasar uno de los
cuales, ya en plena cresta de la sierra, avistaremos casi por completo
el embalse de Buendía. Construido, como los otros, a mediados del
siglo XX, éste se tragó nada menos que un real sitio, La
Isabela, así bautizado en honor de Isabel de Braganza, segunda
mujer de Fernando VII, rey amigo de los baños que mandó
hacer un palacio y un pueblo de rectas calles y plazas anchas junto a
un balneario antiguo y famoso, la Thérmida de los romanos. A las
aguas lo que es de las aguas.
En una hora, sin dejar la pista, llegaremos a una bifurcación
bien señalizada con un artístico mojón donde aparece
San Cristóbal con el niño Jesús a hombros. Bajando
a la derecha, hacia la ermita del Socorro, gozaremos de las más
soberbias vistas de todo el recorrido: el Tajo hecho un Amazonas tras
la presa de Bolarque y, encaramado en un escarpado meandro, el castillo
de Anguix, gótico, del siglo XV, pentagonal, con tres cubos, torre
del homenaje de 18 metros de altura y un postigo. Menudo chalé
y menudo patio.
Media hora más y estaremos en la ermita de la
patrona de Sacedón, Nuestra Señora del Socorro, que, además
de vistas, tiene historia. Se dice que fue sufragada en 1613 por un cazador
que, viéndose atacado de noche por una grande sierpe, libróse
de ella invocando a la Virgen. Las crónicas dan dos nombres para
el socorrido: unas hablan de Domingo López del Socorro y otras
de José López de Heredia. Lo cierto es que era un tal López,
devoto de María y de Diana cazadora, y que, en las noches de la
Alcarria, veía anacondas.
Otra media hora –y van dos– nos llevará
alcanzar de nuevo la cresta por un sendero que surge a espaldas de la
ermita. Marcado con trazos de pintura blanca y amarilla, tropieza enseguida
con la alambrada de una finca privada, la cual obliga a trepar hacia la
izquierda. La pista que corre por la cima nos devolverá a la anterior
bifurcación, junto a la imagen de San Cristóbal, patrón
de todos los que andamos por el mundo abrumados por el peso de tanta belleza. |