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RUTA nº 303 PROVINCIA DE GUADALAJARA Distancia desde Madrid: 120 Kms.
Castilla-La Mancha  PICO OCEJÓN
INMENSO PIZARRAL
Una dura subida de tres horas lleva a esta cima de 2.048 metros, que ofrece la mejor vista del macizo de Ayllón

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Majaelrayo, punto de partida de esta excursión, tiene acceso tanto por la carretera de Burgos –desviándose en el kilómetro 50 hacia Torrelaguna y siguiendo por Patones de Abajo, Uceda, El Cubillo de Uceda, Puebla de Beleña y Tamajón–, como por la de Barcelona, saliéndose en Guadalajara hacia Yunquera de Henares, Humanes, Puebla de Beleña y Tamajón
sendas y pistas forestales marcas de pintura amarilla
la empresa Ocejón en Compañía (tels.: 949-82 3602 y 689 84 3415) organiza rutas de senderismo, cicloturismo y en todoterreno por las inmediaciones del pico
recomendada en primavera, verano y otoño
Domingo Pliego describe con más detalle esta ascensión en la guía 'Los dosmiles de la sierra de Ayllón', editada por Desnivel. También puede consultarse 'Andar por el macizo de Ayllón' (Editorial La Librería), de Manuel Rincón
mapa 'Sierras de Ayllón y Ocejón', editado a escala 1:50.000 por La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257); en su defecto, hoja 20-18 (Tamajón) del S.G.E. o la 459 del I.G.N.
no debe ser acometida por personas con escasa preparación física

Al igual que una vida gris cobra nuevo sentido y color en un último instante de gloria, la ascensión al Ocejón –tres horas echando el bofe por cenicientos reventones de pizarra– se justifica por ese minuto final en que se ofrecen a la mirada todos los montes de Guadalajara y de la vecina sierra madrileña. Le dicen el 'Cervino manchego' por la forma piramidal que presenta visto desde el sur, desde la carretera que viene de Guadalajara por Humanes y Tamajón. Mas fuera de ese parecido geométrico, nada tiene en común con los bucólicos Alpes Peninos: en este estribo meridional del macizo de Ayllón, sólo hallaréis pueblos negros, apriscos en ruinas, jarales pringosos, robledales raquíticos y crestas de pizarras tan afiladas que, si uno no anda con ojo, se hace gratis la pedicura.

Subiendo el otro día desde Majaelrayo, nos venían a las mientes aquellos valores que Giner quería despertar en sus alumnos cuando –cosa inaudita para el siglo XIX– los sacaba a la sierra: “La serenidad de espíritu, la libertad de maneras, la riqueza de recursos, el dominio de sí mismo, el vigor físico y moral que brotan del esfuerzo realizado, del obstáculo vencido, de la contrariedad sufrida, del lance y de la aventura inesperados...” Hoy, que a sufrir no se enseña en ningún colegio –a los niños hay que tratarlos de usía y reírles hasta los cuescos–, el Ocejón es una escuela de esfuerzo puro, un desierto en cuesta donde se prueba el temple de los que se dicen amantes de la montaña, una inmensa piedra de toque para calibrar al excursionista de ley y al dominguero que recoge velas al primer cuestarrón y se baja a pacer en un mesón de Majaelrayo.

Cuentan en Majaelrayo que, al acabar la guerra civil, prendieron en la cima del Ocejón una hoguera festiva de tal magnitud que pudo verse varias noches desde Madrid. De dónde sacaron la leña en una cumbre pelada, a 2.048 metros y a una hora de camino del bosque más cercano, no es un enigma que nos desvele. Mayor misterio es el que la vieja Majada del Rayo haya sobrevivido a siglos de incomunicación y clima brutal, guareciéndose los pastores en casas de pizarra negruzca apiñadas cual 'testudo' de romanos. Y otro aun más grande el que, en tiempos de áurea mediocridad, se haya convertido en un bullicioso pueblo turístico con tres propuestas radicales: arquitectura negra, cabrito asado y pico Ocejón.

Para trepar al Ocejón, partiremos de la plazuela donde se alzan el centro social polivalente y el colegio rural agrupado –títulos decididos en algún despacho ministerial, que les sientan a estas fachadas de pizarra como a un Cristo dos pistolas–, y empezaremos subiendo por la calle del Medio. Al poco de andar, rebasaremos unas hileras de rústicos adosados, señal de que en 50 metros toca desviarse a la derecha para cruzar el arroyo de las Cabezadas –seco en verano– y llegar ante un letrero que reza: “Camino del Ocejón”.

Marcado hasta la cima con trazos de pintura amarilla, el camino culebrea sin pérdida por el jaral, cruza el arroyo de los Molinos y, a media hora del inicio, enlaza con una pista forestal que, zigzagueando por el robledal, lleva en otra hora a la peña de Bernardo, buen descansadero y mejor mirador. Y aquí empieza lo duro: un repechón tapizado de gayuba y lascas de pizarra que pone las piernas al rojo hasta coronar –cumplidas dos horas– el collado Perdices, desde donde se ve a la diestra el inmenso pedregal que aún nos espera.

Del último tramo nada diremos, porque nada cabal puede decirse de millones de lajas de pizarra desparramadas al albur por los hados telúricos... Ya en la cima, divisaremos el caserío de Majaelrayo y, en la ladera contraria, el de Valverde de los Arroyos; al noroeste, el entero macizo de Ayllón, señoreado por el pico del Lobo; en el remoto sur, la capital guadalajareña; y a poniente, todos los montes madrileños desde Somosierra hasta El Escorial. Visto lo visto, quizá decidamos que el Ocejón merece la trepa, por gris y dura que sea.

La vuelta es por el mismo camino.

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