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RUTA nº 301 PROVINCIA DE GUADALAJARA Distancia desde Madrid: 100 Kms.
Castilla-La Mancha  MONASTERIO DE BONAVAL
PODÉIS IR EN PAZ
Un cenobio ruinoso del siglo XII, a orillas del Jarama, evoca la vida solitaria de los monjes del Císter

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Retiendas, punto de partida de esta excursión, tiene acceso tanto por la carretera de Burgos (N-I), desviándose en el kilómetro 50 hacia Torrelaguna y siguiendo por Patones de Abajo, Uceda, El Cubillo de Uceda y Puebla de Beleña; como por la de Barcelona (N-II), desviándose en Guadalajara hacia Yunquera de Henares, Humanes y Puebla de Beleña
pistas de grava y tierra
invierno es la estación ideal para visitar Bonaval en su soledad primordial; el resto del año suele haber gente acampada en sus alrededores
mapa 'Sierras de Ayllón y Ocejón', editado a escala 1:50.000 por La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257); en su defecto, hoja 20-19 (Valdepeñas de la Sierra) del S.G.E. o la 485 del I.G.N.

A principios del siglo XII, los reinos de España andaban tan sin atadero, que se salteaba a los monjes en los caminos, se les despojaba de sus hábitos y, según se cuenta en la 'Primera crónica de Sahagún', “ninguno de ellos en aquel tiempo era llamado por su nombre, mas gargantones e beberrones, e por otros vocablos de mengua, y si por ventura a alguno veían triste por el daño, le silbaban”. Cómo se compaginan tamaños desafueros con tanta religiosidad como dicen que había durante la reconquista, no seremos nosotros quienes lo determinemos; pero en los libros de historia está escrito que la simonía de los abades, los privilegios, las exenciones y la vida ancha de los monasterios justificaban las lindezas de asuso y aún más.

Fue en aquellos días de molicie y demasía cuando empezó a prender como yesca en toda la cristiandad la reforma cisterciense. San Roberto de Molesmes, en 1074, y san Bernardo de Claraval, en 1113, sientan las bases de un pulquérrimo ideal monástico: “Hemos tomado la resolución de vivir en pobreza real y en toda sinceridad de conciencia, caminando por las huellas de nuestro patriarca san Benito. Nuestro vestido debe atenerse a la más austera simplicidad, sin buscar otro color que el natural. Un solo plato de legumbres nos bastará, sin más condimento que la sal. Prioratos, dominios, granjas..., debemos renunciar a esto, para hacernos ajenos a los actos del siglo”. La renovada orden benedictina rechaza diezmos, señoríos y vasallos; el propio monje apacienta sus ganados, trabaja el campo que rodea la abadía y de eso vive; lejos de la ciudad, el monasterio yace olvidado de todos y de todo en el bosque o el valle apartado.

Fue en aquellos días –mas ahora, de dejación y pureza–, cuando se erigió el monasterio de Bonaval, una de las primeras fundaciones del Císter en tierra española. En 1164, Alfonso VIII, el de las Navas de Tolosa, rey de Castilla, permite a los cenobitas instalarse en un coto redondo a orillas del Jarama –a tiro de ballesta del caserío de Retiendas– para que habiten en él 'velut precarium'; es decir, de prestado. Años más tarde, se lo dona definitivamente y, muy contrariamente a los ascéticos principios de los monjes blancos –tal era la simbólica color de sus sayas–, Bonaval inaugura una historia pletórica de encomiendas y riquezas que no se interrumpirá hasta 1821, en que el gobierno liberal expropia convento y terrenos.

En este país que festeja con frenesí la más nimia de las efemérides –acaso porque el presente no es como para tirar cohetes de alegría–, bien puede el excursionista celebrar, por su cuenta y riesgo y con unos pocos años de adelanto, el II centenario de la ruina de Bonaval. Y hacerlo a su manera: hollando la clara senda por la que se fueron los monjes de este mundo.

Desde Retiendas –pueblo guadalajareño que compró el coto en 1894 por 20.500 duros–, el paseo hasta el viejo asciterio no es nada fatigoso: apenas un par de kilómetros los separan. El caminante ha de salir por la carreterilla de grava que lleva al cementerio y al basurero (combinación mortal que se repite, no nos pregunten por qué, en numerosos lugares de España) y, en llegando a un puente, abandonarla para seguir de frente por la pista que corre por la margen izquierda del arroyo, entre chopos, robles, encinas y grandes quejigos, los más lozanos que haya visto nunca el excursionista.

A la media hora de echarse a andar, el paseante vislumbra, allende la arboleda, la fábrica venerable. Y, acercándose a ella, queda extasiado ante la puerta, de estilo cisterciense, sobre la que se abre una alta ventana ojival. Dentro, pintarrajos y cagarrutas insultan lo poco que se mantiene en pie: las tres capillas de la cabecera, la sacristía de encañonada bóveda y una torre almenada cuya escalera de caracol le permite subir a echar un largo vistazo al valle del Jarama.

Mientras, en la fachada de mediodía, un reloj de sol desprovisto de gnomon (expoliado como todo, es de suponer) marca la hora eterna, sin sombras, en que ya viven los buenos monjes del Císter.

La vuelta, por el mismo camino.

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