el acceso más rápido a Pelegrina es por la carretera
de Barcelona (N-II), desviándose en el kilómetro 118
(dirección Sigüenza). Hay varios servicios diarios de
ferrocarril (Renfe, tel.: 902 24 0202) entre Madrid y Sigüenza,
que queda a siete kilómetros de Pelegrina y ofrece la posibilidad
de acercarse en taxi |
no
hay fuentes |
no hay mejor momento para admirar la cascada del Gollorio en todo
su esplendor que en época de lluvias –primavera y otoño,
pues en verano se seca–, pero también es el más
peligroso para andar por terreno escarpado y resbaladizo, por lo que
habrán de extremarse las precacuciones |
pista
y sendero |
sin
señalizar. Para bajar a la cascada, vía equipada con
cadenas |
José Luis Rodríguez es el autor de '101 ecorutas de
fin de semana: Castilla y Madrid', guía editada por Planeta
donde se describen varios paseos por las hoces del Dulce. También
puede consultarse 'Andar por cañones y barrancos de Guadalajara'
(Editorial La Tienda), de José Luis Cepillo, Francisco Ruiz
y Juan Madrid |
en Alcuneza, a 5 kilómetros de Sigüenza, está el
Molino de Alcuneza (tel.: 949-39 1501), molino harinero del siglo
XV transformado por Toñi, Juan y sus hijos en un coqueto hotel
familiar que cuida la decoración rural y la cocina tradicional.
Precio medio-bajo. Los restaurantes Calle Mayor (tel.: 949-39 1748)
y El Motor (tel.: 949-39 0827), ambos en Sigüenza, son los más
interesantes de una comarca que tiene fama por el cabrito asado, los
cangrejos de río, las judías alcarreñas, las
truchas y los bizcochos borrachos, entre otras cosas ricas. Precio
medio |
hoja 22-18 (Sigüenza) del S.G.E. o la 461 del I.G.N. |
ojo
con el calzado pues se pasa por areas resbaladizas |
|
|
| Cada
fin de semana, son miles los madrileños que salen de hambrienta
estampía hacia los figones de Sigüenza y cruzan el río
Dulce casi a las puertas de la ciudad del Doncel, pero como la perspectiva
del cabrito asado les hace poner los ojos en blanco, raro es el que se
percata del hondo barranco que este afluente del Henares ha labrado en
los altos páramos alcarreños: una garganta festoneada de
alamedas que es una de las maravillas de la naturaleza española.
¿Significa ello que el río Dulce es un desconocido? Nada
de eso.
Puede decirse que todo el mundo conoce el río
Dulce, incluso quien no ha oído nunca hablar de él. Y es
que, a mediados de los años 70 del pasado siglo, Félix Rodríguez
de la Fuente filmó aquí algunos de los capítulos
estelares de su 'Fauna ibérica'. ¿Quién podía
sospechar que aquellos riscosos escenarios y aquellos cursos de aguas
químicamente puras, donde lobos, ginetas, nutrias y águilas
parecían vivir en exultante libertad, eran en realidad un barranco
acotado en medio de la desolada altiplanicie de Guadalajara? Poco después
de la muerte del naturalista, acaecida en marzo de 1980 –ya han
pasado tantos años, ¡qué viejos nos hacen los muertos!–,
se le dedicó un mirador junto a Pelegrina, en la carretera de Sigüenza
a Torresaviñán, que domina a vista de pájaro la hoz
que a tantos nos hizo volar con la imaginación a algún valle
perdido de Galicia o de los Picos de Europa, estando como está
a sólo una hora de Madrid.
La hoz o garganta que el río Dulce atraviesa aguas
arriba de Pelegrina es, con mucho, la más espectacular de su curso.
Pelegrina, que los que saben de topónimos dicen que significa 'bella
vista', es una aldea-balcón que se asoma al río desde un
promontorio coronado por las ruinas de un castillo roquero, donde es fama
que veraneaban los obispos de Sigüenza antes de que fuera incendiado
por los austriacos y los gabachos durante las guerras de Sucesión
e Independencia, respectivamente. El lugar fue donado por el rey Alfonso
VII a los prelados segontinos tras su reconquista. De esa época,
siglo XII, datan la iglesiuca y su bonita portada románica.
Una
pista cerrada al tráfico –primero de cemento y luego de tierra–
nos va a permitir bajar al río desde Pelegrina y remontar su curso
paseando a la sombra de álamos, fresnos, sauces, cerezos, nogales
y formidables paredones de roca caliza. Al cuarto de hora, nada más
rebasar unas barbacoas, dejaremos la pista para cruzar el río por
un puente de madera. Hecho esto, se nos ofrecerán dos vías
alternativas: una vereda que corre cerca de la orilla –la cual reservaremos
para el camino de vuelta– y una senda herbosa por la que vamos a
ascender suavemente hacia el borde superior de los cortados, disfrutando
de una vista del profundo cauce, allá abajo a la izquierda, similar
a la que gozan los muchos buitres del lugar.
Como a tres cuartos de hora del inicio, habremos alcanzado
la repisa más alta del cañón, que está frente
por frente del mirador de Félix Rodríguez de la Fuente.
Y poco después, nos cortará el paso el escarpadísimo
barranco del Gollorio, donde veremos cómo este arroyo tributario
del río Dulce se precipita en un salto limpio de 20 metros al fondo
de una hoya de paredes más que verticales, desplomadas. Para bajar
al pie de la cascada, aprovecharemos una hendidura equipada con dos cadenas,
a las que deberemos asirnos con fuerza si no queremos perder la pelleja
antes de hora.
La poza donde se estrella el Gollorio, llenando el éter
de agua pulverizada, es un lugar precioso pero muy húmedo, ideal
para coger un pasmo, así que habrá que decidir rápidamente
cuál de estos tres planes nos conviene para el regreso: 1) volver
por donde hemos venido (fácil y recomendado); 2) descender por
la margen izquierda del Gollorio y luego por la misma orilla del río
Dulce hasta el puente de madera (complicadillo); o 3) bajar por la margen
derecha del Gollorio (vértigo, más cadenas, vado obligado
y remojón seguro). |