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RUTA nº 100 PROVINCIA DE GUADALAJARA Distancia desde Madrid: 139 Kms.
Castilla-La Mancha  CASTRO DE CASTILVIEJO
EL VALLE DE LOS CASTILLOS
Esta fortaleza celtíbera se alza sobre la vega del Henares entre Cubillas y Guijosa, muy cerca de Sigüenza

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Cubillas del Pinar (Guadalajara) tiene rápido acceso yendo por la carretera de Barcelona (N-II) hasta el kilómetro 104, para seguir por la CM-1101 (antigua C-204) hasta Sigüenza y por la GU-126 hasta Cubillas. Quienes no deseen hacer el circuito completo a pie, pueden subir directamente al castro –en diez minutos– desde la curva que hay dos kilómetros después de Guijosa y uno justo antes de llegar a Cubillas
no hay caminos excesivamente claros
esta comarca seguntina es zona de grandes rigores el resto del año
José A. López Ballesteros y Miguel A. Díaz Martínez son los autores de '15 rutas por la naturaleza de Sigüenza y el Parque Natural del Río Dulce', una excelente guía editada por la librería Rayuela (Medina, 7; Sigüenza; tel.: 949-39 0233) en la que se describen éste y otros itinerarios a pie y en bicicleta por la zona
salvo que se conozca la zona, es imprescindible el mapa 461-II del Instituto Geográfico Nacional, a escala 1:25.000

Mil años antes de que los moros le llamaran Wad-al-Hayara ('el valle de los castillos'), los celtíberos se percataron de lo cómodo que era el corredor del alto Henares para pasar del Tajo al Ebro y del Ebro al Tajo, que no se despeinaban ni el penacho del casco, y construyeron fortalezas en los cerros ribereños para defender tan buen paso y a sí mismos. Una, que sepamos, junto a la actual Sigüenza, la Segontia de las crónicas romanas. Otra, una legua más arriba, en Castilviejo, a medio camino hoy entre Guijosa y Cubillas del Pinar. Roma les dio la razón: llegó, venció y trazó la calzada de Mérida a Zaragoza por este valle, que era muy cómodo, en efecto.

El castro de Castilviejo yace derruido y olvidado sobre la cima plana de un montículo que se corta bruscamente por el sur formando escarpes de 60 metros de altura. Todo ello, ruinas y cortados, de roja piedra arenisca, la misma roca fácil de trabajar pero frágil en grado sumo de la que están hechos los monumentos de Sigüenza. Mas como, a diferencia de éstos, los restos del castro no tienen quien los consolide, tarde o temprano no quedará de los celtíberos que poblaron el Henares en el siglo VIII antes de Cristo más que topónimos: Segontia, 'la que domina el valle', y Castilviejo, cuyo nombre no necesita explicación. Las palabras son más fuertes que las piedras.

De esa misma piedra bermeja y efímera son las cuatro casas de Cubillas del Pinar y su preciosa iglesuela románica –ésta, sí, restaurada–, desde la cual vamos a salir en busca del castro de Castilviejo. Para ello, cruzaremos la carretera justo enfrente del templo y treparemos al montecillo que coronan unas antenas, para descender por el otro lado con tendencia hacia la derecha, bordeando unos cultivos, hasta desembocar en el cauce seco de un selvático barranco. Bajando por éste –senda hay–, daremos a 20 minutos del inicio con un camino claro que, de nuevo hacia la diestra, sube al collado que separa el cerro que venimos rodeando del que ocupa el castro.

Por este collado pasa, para más señas, la carretera que une Cubillas con Guijosa y Sigüenza, de modo que nos resultará ya familiar el soberbio panorama que desde aquí se contempla: la vega del Henares ajedrezada hasta donde alcanza la vista de campos arados y verdes panes, con pequeñas choperas que señalan el curso incipiente del río y, al fondo, el caserío de Horna, en cuyo término nace. Nos será imposible distinguir en la lejanía la vía del ferrocarril Madrid-Zaragoza. No veremos cables. Y, durante un instante sublime, podremos hacernos la ilusión completa de estar ante un paisaje de romanos. De celtíberos, no, que más bien eran pastores y guerreros.

No era del gusto del celtíbero demorarse en el vasto campo arando, cavando, podando, binando, estercolando, segando, trillando, rodrigando y escardando cebollinos; no, lo suyo era senderear el ganado con presteza, a mano siempre el escudo ligero o 'caetra', la espada y el largo puñal, por si no diere tiempo a ponerse a salvo en la seguridad del castro. Diez minutos, tan sólo, nos llevará a nosotros subir a lo más alto por una trocha de cabras. Algo más nos costará, una vez allí, reconocer el foso cegado por las encinas, la muralla de diseño estratégicamente quebrado y –lo más curioso– el campo de piedras colocadas de punta para repeler a la caballería.

Avanzando más allá del castro por la cornisa del cerro, y tras rebasar una ruinosa majada, alcanzaremos un gran hito, señal de que deberemos doblar a la izquierda para bajar por la escarpada ladera al barranco de hace un rato, donde aterrizaremos transcurrida una hora de paseo. En media más, caminando barranco abajo, llegaremos a Guijosa, pacífica aldea a la que se le está cayendo encima el castillo guerrero erigido por los López de Orozco en el siglo XIV. Y otra hora –dos y media, en total– será tiempo de sobra para regresar barranco arriba hasta Cubillas siempre que, claro está, no pretendamos subir de nuevo al castro a otear el valle de los castillos.

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