Los
pueblos que yacen acurrucados en la falda occidental del pico Ocejón
son muy extraños. (Aclaremos que extraño viene del latín
'extraneus': exterior, ajeno, extranjero). Tan extraños son que
José María Ferrer, en su clásica guía '200
kilómetros alrededor de Madrid', los compara con los de las tierras
asturianas de Oscos, multiplicando por tres el radio de interés
de su obra. No es el único. Domingo Pliego ha parangonado la soledad
de esta comarca (0,8 habitantes por kilómetro cuadrado) con la
de Groenlandia o Mongolia. E incluso hay quienes, al propio Ocejón,
que preside esta valle remoto del macizo de Ayllón, le llaman el
'Cervino manchego'. Extraño. Más que extraño, el
pueblín de Espinar es negro, que no es lo mismo. Bien mirado, lo
verdaderamente extraño sería que las casas de Espinar fuesen
de mármol sacaroideo, habiendo en derredor pizarra 'a patás'.
Además, la pizarra es un soberbio material de
construcción, pues se exfolia con nada y forma lajas planas, muy
a propósito para techumbres. La única pega es su peso, que
obliga a levantar ciclópeos muros de carga. Tejados que semejan
calzadas romanas; espesos muros de pizarra que apenas respiran por portezuelas
y ventanucas rematadas con fuertes cartaderos de roble; algún tejaroz
soportado por armazón de madera y el inconfundible volumen semicilíndrico
del horno adosado a ésta o a aquella vivienda son elementos comunes
a los pueblos negros, incluido Espinar.
Privativo de Espinar es el camino que conduce de la forma
más célere y rectilínea a la cascada del Aljibe,
uno de esos prodigios que, de uvas a peras, se saca el macizo de Ayllón
de la chistera de pizarra para resarcirnos de sus kilométricas
desolaciones. El tal camino es una pista de tierra que sale de la aldea
hacia el sur, entre las últimas casas y una cancha de baloncesto,
y corre por lo alto de una loma despejada, con una leve pendiente, que
no ofrece al paseante más compañía que la de las
jaras y algún añoso roble solitario, pero enormes vistas
de la ingente mole del Ocejón (2.049 metros), a naciente, y de
la afilada sierra de la Puebla, a poniente.
A dos kilómetros del inicio -media hora de andar
a paso normal, ni de carga ni de buey- se presenta una bifurcación
a la altura de un robledillo en la que deberemos tomar por el ramal de
la derecha, para enseguida volver a desviarnos a la diestra por unas rodadas
que discurren entre campos de cultivo. Rebasadas las postreras aradas,
el camino desciende bruscamente entre jarales hasta la orilla del arroyo
del Soto, que un centenar de metros más abajo, cerca ya de su desembocadura
en el Jarama, se precipita por un despeñadero de erizadas pizarras
dando un par de saltos consecutivos de dos y diez metros de altura. A
la balsa casi inaccesible que se forma al pie del primero debe su nombre
la cascada del Aljibe.
Si no disponemos de un mapa del terreno, deberemos dar
por concluida la excursión en este punto; el espectáculo
que ofrece la cascada, contemplada desde la escarpada margen izquierda,
es cumplida recompensa para una hora escasa de caminata. En caso contrario,
podremos reanudar el camino donde lo dejamos -un centenar de metros arroyo
arriba- y, salvando un breve repecho, remontar el profundo valle del río
Jarama hasta el puente de Matallana.
De este puente de maderos carcomidos, remendado con trillos
y apoyado en sus vanguardias sobre crasos muros informes de pizarra, sólo
diremos que es una pieza digna de un museo etnológico, pero en
ningún caso animaremos a nadie a cruzarlo. Así que continuaremos
nuestro camino hacia el norte, alejándonos progresivamente del
Jarama, para arribar a Roblelacasa, bucólica aldehuela encaramada
sobre el barranco del arroyo del Soto. Y ya por la carretera, apenas transitada,
volveremos a Espinar oteando por el rabillo del ojo izquierdo Campillo
de Ranas, apiñado en torno a la torre de su iglesia, negra, como
es natural.
Francisco Román nos comenta, el 10.04.2010 "comprobamos con satisfacción que el puente de los Trillos, sobre el Jarama, ha sido reconstruido totalmente. Ahora es seguro, un puente como es debido, y tiene hasta barandilla. Lo curioso es que debajo del puente actual han dejado la estructura del anterior. Debe ser como homenaje a los valientes que lo cruzaban."
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