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Sobrecoge pensar lo que hubiera dado de sí, en mejores circunstancias, un hombre que, en aquéllas, llegó a ser administrador de Carlos II, tesorero de tres reinas y de milicias, editor de la Gaceta de Madrid, armador y, en los ratos libres, historiador de su valle natal. Un hombre que, viendo lo parada que estaba la industria patria -¿y qué no lo estaba, en comparación con él?-, adquirió en 1705 unos campos yermos al sur de Alcalá y, después de convencer a Churriguera de que le hiciese los planos, levantó una urbe fabril a la que bautizó, sin parar mientes en la guasa, Nuevo Baztán. Felipe V dijo: "Si tuviera dos vasallos como Goyeneche, pondría muy brevemente a España en estado de no depender de los extranjeros, antes reduciría a éstos a depender de España". Pero sólo tuvo uno, y murió en 1735. Poco después, las fábricas -de paños, sombreros, pieles, vidrios, jabones, papel, aguardientes, confites...- cerraron y Nuevo Baztán se convirtió en los que hoy nos encontramos: un extraño pueblo cuadriculado, muy antiguo y a la vez muy moderno, donde, paseando entre ruinas palaciegas y mármoles barrocos, cuesta distinguir a los vivos de los fantasmas. El corazón de Nuevo Baztán lo forman la iglesia de San Francisco Javier -copatrono de Navarra- y el anejo palacio de Juan de Goyeneche, el cual exhibe un elegante torreón cuadrado coronado con balaustres y bolas, y una portada custodiada por un león que sostiene entre sus fauces el escudo ajedrezado del valle de Baztán. Todo ello, labrado en la piedra caliza que aflora, dorada como el sol y como el trigo agostizo, en este páramo del sureste madrileño. Alrededor de este núcleo señorial se abren tres En esta última plaza, dentro de unas antiguas bodegas, se halla desde octubre de 2003 el Centro de Interpretación de Nuevo Baztán. Aquí pueden verse, además de las grandes tinajas donde antaño se conservaba el vino, maquetas de lo que fue Nuevo Baztán en sus mejores días, las muy diversas manufacturas que se hacían y una película en la que los espectros de Goyeneche y Churriguera conversan amigablemente acerca de lo mucho que costó crear un enclave industrial en mitad de la nada, con sus caminos, sus puentes, sus molinos, sus viñedos y sus maestros venidos de lejanas tierras. No todo se lo llevó la trampa del tiempo. Algo de aquel espíritu laborioso quedó, en espera de germinar en época más propicia. Así se explica que, tres siglos después, docenas de artesanos hayan vuelto a afincarse en Nuevo Baztán. Nueve de ellos comparten un local junto a la plaza del Mercado, donde además de exponer y vender sus obras imparten cursos de cestería, dibujo, pintura, dorado... El paseo por las calles trazadas a cordel de Nuevo Baztán, entre las viviendas que habitaron los administradores y operarios, puede prolongarse por la senda ecológica de Valmores, una ruta circular de siete kilómetros (tres horas) que recorre el vecino valle del arroyo de la Vega. Allí, rodeada de encinares, quejigales y alamedas, yace, casi irreconocible, la ruina del pueblo de Valmores, otra lápida de aquel cementerio de voluntades que fue la España de Goyeneche. |
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