El
Torozo es la mole pelada de granito y 2.021 metros de altura que se yergue
a naciente del puerto del Pico, a manderecha si se mira desde Mombeltrán,
que es la villa donde los turistas que suben al puerto procedentes de Arenas
de San Pedro se detienen a hacerse la foto de rigor: en primer término,
los retratados, atentos al pajarito; en segundo, el castillo de don Beltrán
de la Cueva (1440-1492), privado de Enrique IV 'el Impotente' y padre probado
de la princesa Juana, apodada por eso 'la Beltraneja'; y en lontananza,
la muralla gris del Torozo recortándose como al acero contra el cielo
más o menos azul de Ávila, según el día y la
película que se utilice.
Otras fotos que gustan mucho son las que suelen hacerse en el puerto
del Pico. Aquí hay variedad de motivos para elegir: hay la moderna
señal que nos sitúa a 1.352 metros sobre el nivel del mar
–666 metros más abajo, pues, que la cima del Torozo–
y el anciano mojón que informa: “A Ávila, 10 leguas;
a Madrid, 29 leguas”. Hay además una famosa calzada romana,
una fuente de agua tan fría que anestesia, un monolito consagrado
a los ingenieros de Caminos y un mirador –no decimos lo que se ve
porque se verá mucho mejor desde el Torozo– con aparcamiento
y grata sombra de árboles donde vamos a dejar el coche para comenzar
nuestra andadura.
La tentación, en el puerto del Pico, es subir directos a la cresta
del Torozo, como las cabras monteses cuando los gárrulos domingueros
las persiguen con su cámaras de usar y tirar, ésas de 'flash'
hasta a pleno sol. Pero el camino bueno, para bípedos con seso,
da un rodeo por la ladera septentrional, con mucho la más suave
y andadera del monte, sobre todo si se compara con la meridional, que
es puro acantilado. Y es que esta sierra de Gredos, como todo el Sistema
Central, presenta un claro dimorfismo entre la vertiente que mira plácidamente
a la alta Meseta norte y la que se asoma bruscamente a la más baja
Meseta sur. Más que una sierra, semeja un escalón.
Tomando como referencia la casa de grandes cristaleras que se alza a
la vera del puerto, seguiremos la senda que nace en su esquina suroriental,
la que apunta al Torozo, y que está señalizada con montoncitos
de piedras. Aunque muy pronto, nada más franquear una rústica
portilla de alambre, las señales son ya lajas verticales de hasta
metro y medio de alto, por lo que alguien ha propuesto con toda razón
llamarle la 'senda de los Menhires'. Imposible perderse.
La subida, de dos horas, consta de cuatro etapas de similar duración.
La primera media hora, ascenderemos en fuerte repecho hasta el raso que
ocupa un chozo con cubierta de piorno; la segunda, más descansada,
zigzaguearemos hasta localizar la fuente del cerro Pedrique, señalada
con letrero de forja; la tercera, nos asomaremos al barranco por el que
corre el arroyo de la Huella del Gallego y subiremos por él hasta
un refugio con fuente. Y la cuarta, y última, coronaremos un collado
de 1.930 metros de altura, donde giraremos a la derecha para llegar por
la cresta pedregosa hasta la cercana cima, donde hay vértice geodésico,
cruz de hierro y buzón montañero.
Son tantos los montes que se avistan desde el Torozo que, aunque uno
no se canse nunca de mirarlos, debe admitir que sería interminable
cosa hacer la lista y más aburrido aún tener que leerla.
Baste decir que se ve desde el Almanzor de Gredos hasta la Maliciosa del
Guadarrama, cumbres que distan 125 kilómetros en línea recta.
Más impresionante, si cabe, es la vista cenital sobre el valle
feraz que salpican las llamadas Cinco Villas, cinco aldeas blancas y risueñas
que, de derecha a izquierda, son: Cuevas del Valle, sita al cabo de la
culebreante calzada romana; Mombeltrán, al amor de su castillo;
Villarejo del Valle, a los pies mismos del Torozo; Santa Cruz del Valle,
en el extremo meridional del barranco; y Esteban del Valle, cuya tremenda
picota de cuatro metros imponía antaño casi tanto respeto
como los dos kilómetros largos del Torozo.
El regreso, por el mismo camino |