Después
de Adolfo Suárez, el cebrereño más ilustre del siglo
XX fue Hermenegildo Martín Borro (1900-1985), 'El Cantor de la Hispanidad',
poeta y emigrante que triunfó en América con 'La ermita de
mi pueblo' y que, entre otras cosas muy suyas, escribió: “Mi
río ya no es mi río, / ¡lo cazaron entre montes / en
el puente del Burguillo...! / Desde lo alto del puerto, / tiritando bajo
el frío /de la cruda Paramera, / ¡cuánto lo admiré
de niño...! / Era para mi aquel ámbito / de mi patria un paraíso
/ templado, con sus frutales, / sus viñas y sus olivos; / y en la
urna de sus verdes / la hoja de plata del río... / Ya no es sonoro
mi Alberche; / mi río ya no es mi río...”
El
puerto donde tiritaba Hermenegildo era el de Arrebatacapas (1.068 metros),
el cual se halla al noroeste de Cebreros, sobre una serrezuela que separa
el valle del Alberche de la Tierra de Pinares, casi en la linde de Ávila
con Madrid. Una serrezuela, la de Merina, que atalaya las grandes presas
–Burguillo, San Juan, Picadas...– que han estrangulado y desnaturalizado
el curso medio del Alberche. Y sabido es que existe el proyecto de hacer
otra más arriba, en Venta del Obispo, que, además de cargarse
su único tramo virgen, resulta que sería para suministro
de Madrid. “Mi río ya no es mi río”, dirá
con razón cualquier abulense.
Por el puerto de Arrebatacapas pasa la carretera de Cebreros
a San Bartolomé de Pinares, que es por la que hemos subido en coche
esta mañana clara de invierno. Por el puerto pasa también,
haciendo bueno su nombre, un cierzo que no invita a estarse quieto repasando
poesías y proyectos hidrológicos, así que nos echamos
a andar sin más dilación hacia la izquierda, en busca de
la cumbre de la sierra, por una pista con señales blancas y amarillas
–sendero de pequeño recorrido C-3–: una pista que bordea
un viñedo, atraviesa un pinarcejo y, ya por terreno pelado, nos
conduce en algo menos de media hora junto a un cercado con gran portilla
metálica roja.
Ignorando las señales que nos invitan a traspasar
esta portilla, continuamos por la pista principal –marcada con un
aspa que indica dirección errónea, aunque no sea nuestro
caso–, siempre por lo más alto, hasta alcanzar, cumplida
una hora y media, el vértice geodésico del cerro Merina,
máxima cota de la sierra (1.318 metros) y mirador privilegiado:
hacia poniente, avizoramos todo Gredos; hacia naciente, buena parte del
Guadarrama, incluida Peñalara; y allá abajo, el río
Alberche, que no acaba de librarse del embalse del Burguillo y ya cae
atrapado en el madrileño de San Juan; quedo y mansurrón,
es como una bestia modorra que sube y baja a capricho de sus domadores...
Y aún hay quien desea exprimirle más.
Visto el panorama, desandamos el camino hasta la portilla
roja, que ahora sí que franqueamos para, en lugar de bajar al puerto
directamente, dar un rodeo de cerca de dos horas por el idílico
vallejo del arroyo de los Pajares, abundoso en fuentes, prados y rebollares.
A los dos minutos de andar por él, siguiendo de nuevo las marcas
blancas y gualdas, pasamos junto a la hondonada que ocupa la fuente de
Juan Frías, con sus ocho pilas escalonadas borbollando a la vera
de un roble secular. Un cuarto de hora más tarde, rebasamos otra
fontana medio escondida en el melojar. Y, por último, encontramos
la de la Zarza en mitad de una prado encharcado que es algo así
como el restaurante 'Zalacaín' de los cuadrúpedos cebrereños.
A espaldas de esta fuente, se presenta una bifurcación
bien señalizada: nosotros tiramos a la derecha, por el sendero
C-2, hacia unos encerraderos para ganado visibles en lontananza. Luego
sólo nos resta bajar, sin perder de vista las marcas, por el amplio
corredor herboso de la Cañada Real Leonesa Oriental, cruzar el
arroyo de los Pajares y repechar hasta el puerto donde el niño
Hermenegildo oteaba extasiado su Alberche sin sospechar las presas que
les esperaban. Y plegue a Dios que no veamos ninguna más en nuestros
días. |