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RUTA nº 247 PROVINCIA DE AVILA Distancia desde Madrid: 85 Kms.
Castilla-León  PUERTO DE ARREBATACAPAS
MI RIO YA NO ES MI RIO
Desde los altos que hay al noroeste de Cebreros se domina el rosario de presas que estrangulan el Alberche

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al puerto de Arrebatacapas, punto de partida de esta excursión, se va por la carretera M-501 hasta San Martín de Valdeiglesias, doblando aquí por la N-403 (dirección Ávila) y acto seguido por la AV-511 hasta Cebreros, donde nace la carretera que lleva a San Bartolomé de Pinares por el puerto de Arrebatacapas
hay numerosas fuentes a lo largo del recorrido. Pistas. con trazos de pintura blanca y amarilla
recomendable en invierno, pues se goza de un impresionante panorama de las cumbres nevadas de Gredos y Guadarrama
José Manuel Martín es el autor de 'Las sierras desconocidas de Ávila', guía editada por El Senderista (Mayor, 80; tel.: 91-541 7170) en la que se describen ésta y otras excursiones a pie por el valle del río Alberche y la comarca de la Tierra de Pinares
mapa 557-I (Cebreros), a escala 1:25.000, del I.G.N. u hoja 17-22 (San Martín de Valdeiglesias), a escala 1:50.000, del S.G.E. Para más información sobre senderos señalizados en Cebreros, llamar al ayuntamiento (tel.: 91-863 00 10)

Después de Adolfo Suárez, el cebrereño más ilustre del siglo XX fue Hermenegildo Martín Borro (1900-1985), 'El Cantor de la Hispanidad', poeta y emigrante que triunfó en América con 'La ermita de mi pueblo' y que, entre otras cosas muy suyas, escribió: “Mi río ya no es mi río, / ¡lo cazaron entre montes / en el puente del Burguillo...! / Desde lo alto del puerto, / tiritando bajo el frío /de la cruda Paramera, / ¡cuánto lo admiré de niño...! / Era para mi aquel ámbito / de mi patria un paraíso / templado, con sus frutales, / sus viñas y sus olivos; / y en la urna de sus verdes / la hoja de plata del río... / Ya no es sonoro mi Alberche; / mi río ya no es mi río...”

El puerto donde tiritaba Hermenegildo era el de Arrebatacapas (1.068 metros), el cual se halla al noroeste de Cebreros, sobre una serrezuela que separa el valle del Alberche de la Tierra de Pinares, casi en la linde de Ávila con Madrid. Una serrezuela, la de Merina, que atalaya las grandes presas –Burguillo, San Juan, Picadas...– que han estrangulado y desnaturalizado el curso medio del Alberche. Y sabido es que existe el proyecto de hacer otra más arriba, en Venta del Obispo, que, además de cargarse su único tramo virgen, resulta que sería para suministro de Madrid. “Mi río ya no es mi río”, dirá con razón cualquier abulense.

Por el puerto de Arrebatacapas pasa la carretera de Cebreros a San Bartolomé de Pinares, que es por la que hemos subido en coche esta mañana clara de invierno. Por el puerto pasa también, haciendo bueno su nombre, un cierzo que no invita a estarse quieto repasando poesías y proyectos hidrológicos, así que nos echamos a andar sin más dilación hacia la izquierda, en busca de la cumbre de la sierra, por una pista con señales blancas y amarillas –sendero de pequeño recorrido C-3–: una pista que bordea un viñedo, atraviesa un pinarcejo y, ya por terreno pelado, nos conduce en algo menos de media hora junto a un cercado con gran portilla metálica roja.

Ignorando las señales que nos invitan a traspasar esta portilla, continuamos por la pista principal –marcada con un aspa que indica dirección errónea, aunque no sea nuestro caso–, siempre por lo más alto, hasta alcanzar, cumplida una hora y media, el vértice geodésico del cerro Merina, máxima cota de la sierra (1.318 metros) y mirador privilegiado: hacia poniente, avizoramos todo Gredos; hacia naciente, buena parte del Guadarrama, incluida Peñalara; y allá abajo, el río Alberche, que no acaba de librarse del embalse del Burguillo y ya cae atrapado en el madrileño de San Juan; quedo y mansurrón, es como una bestia modorra que sube y baja a capricho de sus domadores... Y aún hay quien desea exprimirle más.

Visto el panorama, desandamos el camino hasta la portilla roja, que ahora sí que franqueamos para, en lugar de bajar al puerto directamente, dar un rodeo de cerca de dos horas por el idílico vallejo del arroyo de los Pajares, abundoso en fuentes, prados y rebollares. A los dos minutos de andar por él, siguiendo de nuevo las marcas blancas y gualdas, pasamos junto a la hondonada que ocupa la fuente de Juan Frías, con sus ocho pilas escalonadas borbollando a la vera de un roble secular. Un cuarto de hora más tarde, rebasamos otra fontana medio escondida en el melojar. Y, por último, encontramos la de la Zarza en mitad de una prado encharcado que es algo así como el restaurante 'Zalacaín' de los cuadrúpedos cebrereños.

A espaldas de esta fuente, se presenta una bifurcación bien señalizada: nosotros tiramos a la derecha, por el sendero C-2, hacia unos encerraderos para ganado visibles en lontananza. Luego sólo nos resta bajar, sin perder de vista las marcas, por el amplio corredor herboso de la Cañada Real Leonesa Oriental, cruzar el arroyo de los Pajares y repechar hasta el puerto donde el niño Hermenegildo oteaba extasiado su Alberche sin sospechar las presas que les esperaban. Y plegue a Dios que no veamos ninguna más en nuestros días.

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